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Polvo y napalm

Un diálogo entre dos vecinos

Un diálogo entre dos vecinos En el mundo del futuro no habia piedras;

otros habían pensado que lo importante era el cómo, el cuando y el porqué, incluso el dónde, pero él sabía que la verdadera pregunta era el qué. Sabía que algo había pasado, que le habían hecho a él y a muchos más (a todos), pero no sabía el qué.

Pero al menos era consciente de que algo había pasado. ¿Cuando? daba igual. Intentó recordar cuanto tiempo llevaba viviendo en aquel piso, con aquel trabajo, sin ningún cambio importante. No pudo; parecía que siempre hubiera sido así, que siempre hubiera sido todo igual.

- Sí, yo también llevo toda la vida viviendo en este edificio.
- Pero... ¿Eso cuantos años son?
- Pues... no se, todos; toda la vida.
- Pero... Si yo también he vivido aquí siempre, ¿por qué no me acuerdo de ti cuando eras niño?
- Es que hace muchos años de eso.
- Pero recuerdo muchas cosas. Recuerdo un día en que iba en bici, por una calle dónde nunca pasaba ningún coche; iba muy rápido. Mi padre me la había pintado de color plata y había pegado unas cintas de colores al manillar, y yo corría como un loco calle abajo. De repente, de una esquina salió un coche, un todoterreno grandote de color negro. No iba deprisa, es más incluso se paró, pero yo no tuve tiempo a frenar y me estrellé contra la puerta. Entonces...
-... salió el conductor, y yo pensaba que me iba a regañar por haberle abollado el coche, pero en lugar de eso, me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien. Yo no se si lloraba de dolor o del susto; no tendría más que ocho o nueve años, y mi bicicleta estaba destrozada. Cómo mis padres no estaban en casa, me llevó a la suya, que era en la misma calle, y allí me puso mercromina en las rodillas y me dió pan con chocolate para merendar.

Los dos quedaron callados y miraron la tele. El niño de la pantalla acompañó al extraño hasta el desván, aún con la cara llena de chocolate. Allí, el hombre le enseñó un baúl lleno de juguetes, que decía habían sido de su hijo, pero que él ya no los necesitaba más porque se había hecho grande, y podía llevarselos todos, o ir a jugar allí cuando quisiera.

Los dos quedaron callados. Sabían que algo había pasado, pero no sabían el qué.

Imagen:
http://www.theocracywatch.org/homophob.htm
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