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Polvo y napalm

El niño-pantera

El niño-pantera El niño-pantera seguía encaramado al árbol, al acecho. Antes, había pensado que debía ponerle un nombre, pero a él le gustaba que le llamara niño-pantera, así que decidí que no era necesario.

Resulta increíble lo quieto que es capaz de estar; se camuflaba a la perfección entre las hojas, y permanecía tan inmóvil que nadie que no supiera que estaba allí (y solo yo lo sabía) sería capaz de verle. Él estaba allí, subido al árbol, y yo le vigilaba desde el banco al otro lado de la calle. Pasaron varias personas (una vieja, una niña con coletas, un señor gordo que llevaba un carrito), pero parece ser que no le gustaron suficiente; se estaba haciendo tarde, y yo tendría que volver a casa, así que empezaba a impacientarme. Además, se me estaban acabando las pipas y no tenía dinero para comprar más.

En algunos aspectos, es mucho mejor tener amigos imaginarios que de verdad: en primer lugar, y probablemente lo más importante, un amigo imaginario nunca te va a fallar. Siempre estará allí cuando necesites que alguien te de un consejo, o para consolarte si estás llorando. Incluso aunque parezca que estás solo, un amigo imaginario (un auténtico amigo imaginario) irá a cualquier sitio por tí. Claro que no puede ayudarte en según qué situaciones, como si te caes a un río y te estás ahogando, o si te están pegando una paliza, pero yo soy un niño muy fuerte para mi edad y seguro que me las arregaría bien solo. Pero la mayor ventaja de los amigos imaginarios era que nunca era necesario matarlos, y en caso de que aún así quisieras hacerlo (aunque sería un crimen horrible; un buen amigo imaginario nunca dará motivos para matarle, y en cualquier caso, si lo hiciera, sería culpa de uno mismo) resulta totalmente imposible que te descubran.

El niño-pantera era ahora mi mejor amigo; cuando empecé a imaginarmelo a él, poco a poco fuí dejando de lado a Merlino y a Minda. Me sabe mal por ellos, y de vez en cuando aún nos vemos, pero ya no es lo mismo; espero que entiendan que el niño-pantera es mucho más interesante que ellos, que al fin y al cabo solo son niños normales, pero a veces no estoy seguro de que lo hagan. Sobretodo Minda; Merlino al fin y al cabo es un niño, y también piensa como yo, pero Minda es una niña, y además era mi novia. Afortunadamente, me di cuenta de que yo no estoy hecho para el amor, pero ella no lo comprendió jamás; creo que aún me quiere, y cuando hablamos, muy de cuando en cuando, noto que intenta volver a cazarme, pero no lo conseguirá. He intentado hacer que se enamoren entre ellos, pero no lo consigo. Debe ser que los sentimientos no se pueden forzar, ni siquiera cuando son imaginarios.

En cualquier caso, si no se decidía ya por alguien, yo mismo tendría que hacerlo por él. Siempre le costaba decidirse (quizá por miedo a que le vieran; a veces, los amigos inventados pueden salir algo cobardes, aunque uno sea muy valiente), pero aquel día no entendía por qué; habían escogido un buen sitio, el mejor desde hacía semanas, y si iban con cuidado, era imposible ser descubiertos: justo enfrente del árbol del niño-pantera había uno de esos callejones que ahora llaman pasajes, pero por dónde nunca pasa nadie, y además, una furgoneta aparcada justo en el lugar en el que, aunque pasara alguien por la otra acera, era imposible que nos viera; dentro del pasaje mismo, había también varios contenedores, detrás de los que nos podríamos esconder rápidamente y trabajar luego con toda la tranquilidad del mundo sin que siquiera quienes pasaran por nuestra misma acera se dieran cuenta de nada.

Se estaba haciendo demasiado tarde; el próximo tendría que ser bueno, lo fuera en realidad o no . Por el otro lado de la calle llegaron dos jubilados (dos viejos, en todo caso) y se sentaron en el banco gemelo al que ocupaba yo. La misma furgoneta que hacía que ellos no pudieran vernos me lo impedía a mi también, pero me lo dijo el niño-pantera desde el árbol. Esto no representaba ningún peligro para nosotros: ya dije que el sitio era inmejorable.

Y entonces, esta vez sí por nuestro lado, apareció él; era también un viejo (¿los habían soltado a todos a aquella hora?), que aparentaba como cien años. Llevaba dos bolsas casi vacías, pero que parecían pesar un montón en sus brazos endebles. Poco a poco, se acercaba al niño-pantera, que me miró como diciendo "Sí, lo se: ahora"; pero cuando estuvo a su alcance, no hizo nada. No sabía a que esperaba. Los dos seguíamos al viejo con la mirada; yo esperaba que él le saltara: él no sé qué esperaba, pero poco a poco se le alejaba, y pronto ni siquiera el niño-pantera podría alcanzarle de un solo salto y, lo que era más grave, perderíamos la cobertura de la furgoneta: era ahora o nunca, y ya que el niño-pantera parecía no decidirse (y eso que, al fin y al cabo, era por su bien), tuvo que hacerlo yo.

Tan rápido como pude, cogí al viejo del cuello y apreté con todas mis fuerzas; le golpeé con la piedra (una piedra normal, de las que se cogen en cualquier calle, justo del tamaño de mi mano) en la cara, mientras el ataque de mi amigo-felino. Finalmente, se decidió y le saltó a la yugular. Empezó a arrastrarlo hacia atrás, tras los contenedores, haciendo un gran esfuerzo por beberse la sangre (cosa que odiaba) a medida que brotaba, para no dejar ninguna mancha delatora en la acera. Yo cogí las bolsas y miré qué había: nada útil, salvo unos pañuelos de papel y caramelos: de café con leche y miel con eucalipto, pero caramelos al fin y al cabo. El resto lo tiré al container junto con la piedra, después de limpiarla con mi chandal: el niño-pantera no tenía huellas dactilares, pero yo sí.

He dicho que tiré todo al container: he mentido, lo siento. Debo reconocer que hasta yo tengo un lado oscuro que me impulsa a hacer a veces cosas malas, como mentir, en este caso por vergüenza, pero no sería honesto si no contara todo tal y como fue: no pude vencer la tentación de probar el vino que había comprado el viejo mientras el niño-pantera buscaba su hígado: núnca había entendido como podía ser que el hígado, la parte de sabor más asqueroso de cualquier animal, fuera lo preferido del niño-pantera, y ahora que lo había probado, tampoco entendía como podía el vino gustar tanto a la gente mayor. Realmente, era lo único que conocía tan horrible como el hígado.

Tengo otro amigo imaginario del que no he hablado aún; lo que ocurre es que no somos realmente amigos, solo conocidos. No nos caemos muy bien, pero siempre me echa una mano después de matar a alguien. Era más listo que los otros tres juntos, y si no fuera imposible, pensaría que quizá lo fuera más que yo y todo (lo mejor de los amigos imaginarios es que siempre pueden ser peores que uno, pero nunca mejores), pero a veces creo que, lo que de verdad es, es un sádico.

(CONTINUARÁ)

Imagen:
http://www.wildlifeartonsilk.com/page4.htm
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1 comentario

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