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Polvo y napalm

Ficcion

El día de la Fiesta del Campus

El día de la Fiesta del Campus El chico llevaba un rato sentado en la sala de espera; hacía un par de años que el representante de los estudiantes era JKL, un alumno de intercambio. Nunca se lo había preguntado, pero creía que era de Israel, porque llevaba uno de esos gorritos tan extraños que llevan algunos judíos; siempre se había preguntado qué querían decir, si eran algún tipo de símbolo religioso, como el velo musulmán o algo así; cuando tuviera más confianza con él se lo preguntaría. El chico que había entrado hacía un rato salió de su despacho y le dijo que era su turno . Se pasó la mano por la cabeza afeitada, como si tuviera pelo que peinar, cogió su carpeta, el dossier tan cuidadosamente preparado, entró.

- Déjame ver ese “planning” – dijo JKL. QWE se lo pasó y él empezó a ojearlo.
- “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P”. Explícame un poco de qué va el proyecto.
- Bueno... somos un grupo de amigos que hemos visto que entre todos los colectivos que hay en la universidad, pues bueno, no hay ninguno que nos llame especialmente la atención, y hemos pensado que deberíamos hacer el nuestro propio y seguro que más gente se añadiría.
- Veo que vuestras bases son el odio racial, el antisemitismo... ¿”antisemitismo” o “anti-semitismo”?
- Diría que “antisemitismo”, sin guión. Una sola palabra: “antisemitismo”.
- No sé, no estoy seguro. En fin, no tiene importancia. Lo importante es cómo pensáis llevar esto a cabo. O sea, tratáis conceptos muy abstractos... ¿cómo se lleva a cabo el antisemitismo?
- Bueno... Yo estudio Ingeniería Industrial; tengo un proyecto para una cámara de gas, y uno de mis amigos es de Química y está experimentando algunos gases letales. También habíamos pensado dar unas charlas en la Plaza de los Estudiantes y organizar algún desfile, con sus banderas, sus cruces gamadas, sus himnos y demás. El problema es la financiación.
- Ya, claro... eso pasa con todos los proyectos. La verdad es que veo que lo habéis trabajado bastante; el dossier está bastante bien elaborado y tenéis las ideas claras. Haré lo que pueda ante el rectorado para defender vuestra propuesta, aunque la verdad es que es del tipo de propuestas que les gustan: al fin y al cabo, es en esto en lo que debe consistir la universidad, ¿no? En movimientos sociales e iniciativas como la vuestra, no en cajeros automáticos u oficinas bancarias... francamente, no creo que pongan muchas trabas, pero ya sabéis que nunca hay mucho dinero... en cualquier caso, os sugiero que lo que os den lo invirtáis en hacer participaciones de lotería, camisetas, una rifa y este tipo de cosas: entre eso y lo que podáis sacar vendiendo cervezas el día de la Fiesta del Campus, seguro que llegáis a construir la cámara de gas.
- De acuerdo. – Le estrechó la mano. – Muchas gracias JKL; nos vemos pronto.
- Sí, desde luego. Que tengáis suerte.

El día de la Fiesta del Campus se celebró como cada año uno de los primeros viernes del curso, cuando aún no había empezado a hacer frío, y los alumnos ya estaban un poco rodados – y además, los de primero ya habían tenido tiempo de hacer algunos amigos. La Plaza de los Estudiantes estaba llena de gente, y entre la gente había pequeñas paradas en las que cada colectivo universitario intentaba ganar algo de dinero vendiendo bocadillos, cerveza y camisetas. Había una mezcla de músicas diferentes, radiocasetes que sonaban a todo volumen a pocos metros unos de otros, mezclados con los grupos de rock que iban subiendo al escenario, situado a pocos metros de la entrada a la biblioteca de letras. Allí, entre todos los demás, el puesto de la “Asociación Nacionalsocialista de la universidad de P” solo era uno más. Incluso pasaba desapercibido, y aparentemente no tenía un éxito especial. Habían preparado unas camisetas que imitaban las camisas de los oficiales de la SS, con su cruz de hierro y todo, y una esvástica en la manga simulando ser un brazalete, que se estaban vendiendo bastante bien, pero en las cervezas y los bocadillos, los de la “Asociación de jóvenes judíos de la Universidad de P” que estaban justo al lado les estaban pasando la mano por la cara aunque vendían unas camisetas con unas estrellas de David bastante cutres, que no estaban teniendo ni la mitad de salida que las suyas de la SS. JKL, que estaba allí cortando pan y embutidos como loco, se acercó un momento a charlar con QWE.
- Qué, ¿cómo va eso?
- Bien, la verdad es que va bien. A este paso, nos vamos a quedar sin camisetas antes del mediodía, pero me temo que vamos a tener que tirar la mitad del pan.
- Bueno, la verdad es que a eso venía yo... nosotros nos estamos quedando sin, ¿te parece que os compremos unas barras?
QWE se acercó a las cajas dónde estaba el pan y le ofreció una entera.
- Ten hombre ten.
- ¿Cuánto es?
- Nada hombre, nada. ¿No creerás que te voy a cobrar por esto? ¡si no nos ha costado ni tres euros! Además, - dijo con una sonrisa - ¡con lo que vais a perder en camisetas, no sé si os lo podéis permitir! ¡me parece que os voy a ver todo el año a todos con ella, porque os las vais a tener que comer!
- ¡Qué cabrón! – rió JKL. – Ya verás el año que viene, ya.... Bueno, gracias por el pan.
- De nada hombre, estamos aquí para lo que necesites...
Entonces, la música rock del escenario cesó y en su lugar se oyeron unas trompetas de guerra. Empezaron unos redobles de tambores marcando el paso, y QWE sonrió.
- ¿Qué es eso? – preguntón JKL.
- Ya verás, ya. – Dijo QWE intentando disimular la emoción y poniéndose la chaqueta de su uniforme y la gorra a toda prisa antes de salir corriendo hacia detrás de la biblioteca.

La música seguía sonando, con las trompetas y los tambores, y todo el mundo miraba hacia el escenario, con la certeza de que iban a ver algo memorable, de que algo grande iba a pasar. Entonces, sonó por megafonía un coro de cien hombres entonando algo en alemán, alguna especie de himno, y los muchachos de la “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P” salieron todos cantando la misma canción del CD. El primero iba QWE, llevando una gran bandera roja con una cruz gamada en un círculo blanco, de más de dos metros de largo, con un mástil enorme y que era realmente difícil mantener en pie. Detrás de él, todos los demás miembros marchaban al paso que él marcaba, y el último sostenía un estandarte con un águila que les había costado muchísimo construir. Marcharon alrededor de la plaza, entre la gente que les vitoreaba, durante los cinco minutos que duró el himno. Todo el mundo les miraba admirado y a ellos mismos les costaba mantener el rictus serio, como auténticos soldados del Reich, mientras desfilaban. Se habían esforzado mucho cosiéndose sus propios uniformes, a partir de unos patrones que había hecho la madre de uno de ellos, que era modista, a toda prisa para tenerlos listos para el día de la Fiesta del Campus; habían quedado todos los sábados y domingos por la mañana para ensayar, usando palos en lugar de sus fusiles (que no habían llegado, pedidos a través de internet, hasta el día anterior). Llegado el momento, cuando sonaban los compases finales, se encaminaron al centro de la plaza y, coincidiendo con las últimas notas, levantaron todos la mano derecha y gritaron al unísono “¡Sieg Hail!”. La multitud estalló en aplausos: ¡había sido un espectáculo digno de ver! ¡Magnífico! Nadie en la universidad recordaba nada parecido. ¡Y qué orgullosos estaban! Seguían allí, en medio de la plaza, aguantando el brazo en alto, impasibles, mientras seguían vitoreándolos. ¡Qué momento! ¡QWE no cabía en sí mismo de orgullo! Cuando dio la orden de bajar el brazo, la multitud se cerró sobre ellos; todo el mundo quería darles la mano y felicitarles personalmente. JKL y otros chicos de la “Asociación de jóvenes judíos de la Universidad de P” se acercaron a QWE.

- Felicidades tío – dijo JKL-, ha sido increíble. ¡Os habrá costado mucho esfuerzo llegar a coordinar todo esto!
- Sí, la verdad es que sí. Pero, joder, ha valido la pena. – dijo mirando a todos sus compañeros alrededor, tan orgullosos de un trabajo bien hecho como lo estaba él. ¡Incluso el rector en persona se acercó a felicitarle!
- Bravo, muchacho, - dijo estrechándole la mano entre las dos suyas.- ¡Es un placer ver cómo el dinero destinado a estas cosas se gasta de manera tan formidable!

El día estaba saliendo redondo; además, desde el momento del desfile, se habían disparado las ventas de cervezas y bocadillos (¡habían tenido que mandar a IOP corriendo a un supermercado a traer todo el pan y embutido que pudiera!) y se habían agotado las camisetas. Incluso, tras ver la maqueta que habían construido (IOP era un gran aficionado al modelismo), mucha gente estaba dándoles dinero, y seguro que podrían construir la cámara de gas antes de fin de curso. Entonces, alguien tiró su cerveza sobre QWE, que hablaba con JKL acerca de algún tema sin importancia.
- Lo siento. – dijo el individuo, un tipo alto, con el pelo largo y sucio y una camiseta de Bob Marley, con una sonrisa sarcástica en la cara.
- Tranquilo, no pasa nada.- respondió QWE mientras se limpiaba con una servilleta y seguía su conversación como si nada hubiera pasado. Entonces, le cayó otra cerveza. Miró, y al lado del tipo de antes, que no se había movido, había otro parecido.
- Lo siento. – Dijo, mirándole fijamente.
Entonces, un tercer tipo derramó su vaso sobre la cabeza pelada de QWE, y más hippies fueron saliendo de entre la multitud y rodeando la parada de los chicos.
- ¿Se puede saber qué os pasa? – dijo JKL interponiéndose entre ellos y QWE. – Nadie os está molestando, dejadnos en paz.
- Oh, sí. – respondió el de la camiseta de Bob Marley. – Estos tipos nos están molestando. Y tú también, si eres amigo suyo.
Entonces le dio un empujón, y como si se tratara de una señal, todos los demás se abalanzaron sobre la parada de la “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P”, ante la estupefacción de todos. Destrozaron las banderas y los posters de Adolf Hitler; la maqueta de la cámara de gas fue pisoteada, y muchos de los chicos acabaron con fuertes contusiones y alguna fractura. Cuando se fueron los hippies, en un charco de cerveza junto al barril roto, lloraba QWE, lleno de barro y moratones, agarrado a lo que quedaba de su bandera roja con un círculo blanco y una esvástica, manchada de sangre y calimocho.
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El xilófago (mi experimento)

El xilófago (mi experimento) Dientes (los) afilados como cuchillas, los ojos
Inyectados en sangre; y me
Observan, desde abajo, esperando a que caiga, y yo, me
Sujeto como puedo, al clavo ardiendo.
Encaramado a la rama más alta, mientras el
Xilófago se come el árbol;
Impotente,
Sobre sus fauces abiertas, hambrientas, como un
Trozo de carne lloroso,
Ese es mi sueño.

Y me despierto sin siquiera gritar.
Me miran todos, y murmuran,
Entre ellos.
Oigo lo que dicen, y aunque no lo entiendo,
Deseo que se mueran, mientras me observan con
Inyectados en sangre (los ojos);
Arriba, me agarro a mi clavo, mientras espero al xilófago.

La calavera

La calavera Probablemente la mayor parte de ustedes hayan oído hablar de mi, y quizá algunos incluso hayan comprado mis libros, o las revistas en las que se suelen publicar mis cuentos y relatos. Es por ello que ocultaré mi identidad, dado que soy una persona demasiado célebre y, por qué no decirlo, respetada, para que mi nombre se asocie a una aventura tan macabra como la que me dispongo a narrar. ¿Por qué es preciso entonces que relate mi crimen? ¿Acaso pretendo presumir de mi “hazaña” aunque no me atreva a confesar quién soy? En absoluto; si me conocieran, sabrían que no soy un hombre orgulloso, cuanto menos presumido. Es más: lo único que siento ante mi horrenda acción es arrepentimiento y vergüenza; tanta que soy incapaz de ser valiente (aunque en el momento de cometer mi crimen me tenía por tal) y asumir todas mis culpas. Sin embargo, y aunque mi alma, de tenerla, está ya condenada sin remedio (puesto que Dios, si realmente existe tal y como nosotros creemos en Él, es el único que realmente conoce mi culpa), espero que al relatar aquí los horrores que yo mismo me obligué a cometer, mi conciencia se sienta al menos suficientemente tranquila para permitirme dormir una sola noche sin que me despierte mi propio llanto aterrorizado.

Si alguno de ustedes ha deducido mi identidad, sabrá que yo había publicado algunos cuentos con gran éxito, todos de terror, siendo aún muy joven; esto me abrió las puertas del mercado editorial, y me convertí de la noche a la mañana en un autor muy respetado y, lo que es más importante, muy cotizado. Numerosas editoriales se interesaron por mis trabajos anteriores, que todos coincidían en calificar de excelentes, y me ofrecían sumas para mi impensables a cambio de un contrato que comprometiera mis obras aún por escribir. Naturalmente, firmé uno de aquellos contratos, y, con la llegada del dinero, desapareció mi genio; las ideas que en tiempos de estrechez acudían a mi incansablemente, hasta el punto de no poder explotarlas todas, se me mostraban esquivas ahora que debía responder a un contrato. El editor se impacientaba, y rechazaba todo lo que yo le mostraba: no era de extrañar, puesto que yo mismo sabía que le entregaba mediocridades, pero por algún motivo, mi genio de antaño me había abandonado. Sentado en mi escritorio, pluma en mano, miraba fijamente al papel en blanco, y no sabía qué hacer con él. Puede que la solución les parezca estúpida; abominable en todo caso: sacrílega incluso. Pero, para mi fortuna o mi desgracia, funcionó, y tras llevar a cabo el acto horrible que me dispongo a relatar, la horrible musa de mi tenebrosa inspiración volvió a hacerse un hueco en mi mente, ahora atormentada, y mi obra posterior supera con creces, no solo a la mía propia, sino a cualquier otra escrita con el propósito de aterrar o al menos inquietar, con una sola excepción.

Estábamos en los primeros días de invierno; quizá aún los últimos del otoño. Aún no eran las ocho de la tarde, pero casi había anochecido por completo. Sentado en el banco, frente a su tumba, poco a poco la escena se iba transformando, a medida que se iban las luces, y el bullicio de la gente y los coches al otro lado de los altos muros dejaba paso al suave ulular de alguna lechuza entre los árboles del cementerio y el aletear de los murciélagos, que volaban rápidamente entre las farolas de gas, con sus horribles gritos, esos que no dejan lugar a dudas de que sean en realidad los hijos de Satanás. Era una de esas estampas que, por alguna razón, tienen la propiedad de turbar el espíritu del ser humano e incluso hacerle sentir miedo si este no es capaz de mantener su cabeza fría; como escritor de cuentos de terror, yo conocía bien este tipo de dibujos: en más de una de mis obras se pueden hallar descritas imágenes parecidas, solo que yo solía recargarlas más. Habría añadido un lejano tañir de campanas, quizá habría insistido en la similitud de la sombra de algún ciprés con una silueta humana, o una cara en mueca de dolor; tal vez, una tormenta eléctrica a lo lejos, con truenos, rayos y centellas. No se me habría ocurrido el sucio gato negro que se me acercó y se frotó contra mi pierna, pero es un detalle que he usado posteriormente; en cualquier caso, incluso yo, que conozco el funcionamiento de las emociones humanas y cómo se deben ordenar los elementos de un cuadro para causar miedo, no pude evitar sentir un escalofrío cuando, al rozarme el felino se le erizaron todos los pelos del cuerpo esquelético y se apartó de mi acompañando un salto de un horrible maullido, como si supiera el crimen que me disponía a cometer, e incluso él, aquella bestia callejera, me despreciara por ello. Nunca he sido persona supersticiosa, pero debo reconocer que poco a poco, mi valentía se iba desvaneciendo y, devorado por la neblina que se abría paso entre las lápidas, sentía un miedo irracional e incontrolable que, como hombre culto e inteligente, sabía que era solo producto de mi superdesarrollada imaginación, pero no podía vencer.
Sin embargo, la escena habría sido mucho más horrible de haber existido en el cementerio una segunda persona, ya que para él, el cuadro se habría visto completado por la presencia de un hombre alto y delgado, del que solo podía ver la nariz afilada asomar bajo la larga capucha negra. Esta siniestra figura habría estado sentada, inmóvil delante de la gran tumba, durante horas, esperando al ocaso, y se disponía a cometer alguna fechoría tan terrible que solo era posible al amparo de la oscuridad: naturalmente, esta siniestra figura era yo, y confiaba en ser la única persona viva dentro del cementerio, salvo el guarda que seguramente estuviera en su caseta, sentado junto a la estufa; no se si esa idea me tranquilizaba o me aterrorizaba más.

En realidad, no habría sido necesario esperar toda la tarde delante del sepulcro; podría haber saltado con facilidad la tapia por el lado de la capilla una vez el cementerio estuviera cerrado, o incluso forzado el candado de la puerta principal sin gran riesgo de ser visto, ya que la calle a la que daba la entrada apenas estaba transitada a ninguna hora, cuanto menos en una madrugada de invierno. Sin embargo, era consciente de que la mayor dificultad sería el convencerme a mi mismo de llevar a cabo el plan: no dudaba de mi capacidad atlética para saltar la valla, sino de mi determinación a hacerlo llegado el momento. Sin duda, tomé la decisión correcta (si puede llamarse correcta una decisión que facilita la comisión de un crimen), puesto que, si pese a mis precauciones, caí presa del terror, si hubiera tenido mayor confianza en mí mismo y hubiera intentado el robo a la ligera, sin duda habría sido víctima de un ataque de pánico que me habría hecho ser descubierto, cuando no me hubiera causado, directamente, un ataque al corazón. Toda la tarde, a plena luz, había estado observando los detalles de la zona en la que se encontraba la tumba, e incluso había paseado una o dos veces por todo el cementerio, convenciéndome a mí mismo de que, al caer la noche, seguiría siendo igual de inofensivo que durante el día; memorizando los detalles para no ser traicionado por una rama mal podada en forma de brazo esquelético o una verja oxidada que se meciera con el viento.

Cuando vi acercarse al guardia, en su última ronda antes de cerrar las puertas, para asegurarse de que no había ningún intruso en el cementerio, me levanté antes de que pudiera verme y me escondí, como tenía previsto, en la cripta de mi familia, muy cercana a la tumba del genio. La había dejado abierta aposta, solo una rendija, para no hacer ruido al manejar la vieja cerradura, sin usar desde la muerte de mi santa madre, diez años atrás, y había preparado en el interior todo lo que me habría de ser útil para realizar mi infame tarea: una pala, un quinqué de petróleo y una bolsa de cuero en la que llevar mi macabro botín. Además, entre los ataúdes de mis parientes, había tenido la precaución de dejar algunos alimentos, no fuera caso que la mala fortuna hiciera que la puerta (que, desde luego, solo podía abrirse desde el exterior) se cerrara mientras yo me preparaba y me dejara encerrado hasta que alguien oyera mis gritos de auxilio y, sin duda a la luz del día, se atreviera a abrir la cripta a ver quién chillaba y golpeaba desde el interior. Debo confesar que, uno de los temores que más me atormentaban antes de decidirme a cometer mi fechoría, era el de abrir la cripta de mi familia y encontrar el cuerpo de mi madre fuera de su ataúd destrozado, en el supuesto de que ella hubiera sido enterrada viva. Afortunadamente, cuando entré, con la excusa de dejar flores sobre su tumba (aunque como ya he dicho, mi propósito era preparar los detalles para el robo), no había signo alguno de violencia o de sufrimiento, solo olor a humedad y vacío.

Cuando pasó junto a la tumba, el guarda y su perro se pararon: quiso la naturaleza que el can tuviera ganas de orinar, y lo hiciera justo sobre la tumba del maestro. Viéndolo desde mi rendija, la falta de respeto que mostraban el animal y el amo me encendió la sangre, y, de no estar yo preparado para llevar a cabo una profanación aún mayor de su sepulcro, de buena gana la habría emprendido a palazos con ambos. Logré contener los nervios (la presencia de otro ser humano, aunque despreciable, me había hecho olvidar el miedo, aunque paradójicamente, todo el riesgo que pudiera correr sería por su culpa), y llegué incluso a pensar que lo más prudente sería matarlos a los dos y después ocultar los cuerpos en la fosa, una vez la volviera a cubrir; de este modo, seguro que nadie me descubriría y podría trabajar toda la noche sin peligro alguno, y debo admitir que lo único que me hizo desistir de tal idea fue el admitir que enterrar en su tumba a un vulgar enterrador y a un perro pulgoso era aún más horrible que robar los restos del pobre Edgar. Una vez perro y guardián se hubieron alejado lo suficiente, salí de mi tétrico escondite y fui, aún a tientas, hasta la tumba. Saqué una cerilla de mi bolsillo y encendí la lámpara para poder leer la inscripción: Edgar Allan Poe; no quería robar por error los huesos de algún jardinero o albañil enterrado junto al genio. Una vez estuve seguro, empecé a cavar; debía darme prisa, porque si bien el guarda tardaría horas en volver a pasar, si decidía hacerlo, el trabajo era mucho y mis músculos, aunque jóvenes, no estaban acostumbrados a trabajos pesados.

Tras un buen rato, mi pala golpeó lo que presumiblemente sería el ataúd. Casualmente, el golpe del acero contra la madera coincidió con el primer trueno de la tormenta que no tardó en descargar con fuerza; la superstición podría haber llevado a alguien a pensar que era un mal presagio más, pero sin duda a mi debía tranquilizarme: estaba aterrorizado, pero como he dicho, sabía que se debía a la predisposición humana a sentir miedo ante factores totalmente inofensivos, y gracias a la cual, al fin y al cabo, yo me ganaba la vida; sin embargo, la fuerte lluvia disuadiría al enterrador de hacer ninguna otra ronda aquella noche, y además, haría mucho más difícil distinguir, al día siguiente, la tierra removida del sepulcro de Poe de la de las tumbas y jardines de alrededor. En cualquier caso, el agua empezaba a estancarse en la fosa reabierta, y mi tarea se hacía mucho más sucia y desagradable. Con un par de golpes pude romper la tapa, y, a tientas, metí la mano en el ataúd. Al tacto, no resultaba fácil distinguir los huesos desnudos de los restos de la ropa con la que enterraran al escritor; cada pocos minutos, segundos incluso, un relámpago iluminaba por un instante la escena y me veía a mi mismo, cubierto de fango, hundido en una fosa que poco a poco se llenaba de agua. Dos veces habría jurado que algo se movió en el ataúd antes de encontrar la calavera. Tuve que sacar algunas costillas y un hueso largo que supuse que era el húmero de alguno de sus brazos para poder introducir la mano lo suficiente para cogerla: metí los dedos en lo que suponía eran las cuencas oculares y tiré de ella con cuidado; la separé sin dificultad del cuello, pero el agujero que había echo en la tapa del ataúd era demasiado pequeño, por lo que, con la otra mano, tuve que arrancar algunos trozos más de aquella madera putrefacta. Justo cuando conseguí sacar el cráneo y levantarlo triunfante hacia el cielo, un relámpago dibujó mi silueta, y, por un momento, habría jurado que la de alguien más, justo detrás de mi. Un gruñido de perro me dio la razón.

El guarda del cementerio me apuntaba con su vieja escopeta, mientras el famélico chucho me enseñaba los dientes, amenazante. Un rayo cayó detrás de él, partiendo un gran sauce, quizá centenario, junto a un panteón con columnas de mármol. En ese momento, en que el guarda, más acostumbrado que yo a los horrores del cementerio pero asustado por cercanía de la descarga, se dio la vuelta un instante, aproveché para darle tan fuerte como pude en la cabeza con la pala, dejándolo inconsciente. Al instante, el perro se abalanzó sobre mi, y solo pude interponer entre nosotros el húmero de Poe, que mordió con fuerza, creyendo sin duda que me pertenecía. Me las arreglé para, en aquel reducido espacio de la fosa, golpearlo contra la pared varias veces hasta que quedó inerte. Una vez lo tuve a mi merced, cogí la pala de nuevo y le golpeé con la hoja varias veces hasta asegurarme de que estaba muerto. Saqué la calavera, y seguidamente me arrastré como pude hacia fuera del agujero. El viejo guardián del cementerio empezaba a despertarse, por lo que decidí rematarle como había hecho con el perro. No me quedaba otra opción, así que empujé el cuerpo al hoyo, y, tras tirar también su escopeta y cualquier otra prueba que pudiera haber de que estuvo allí aquella noche, empecé a rellenar el agujero con tierra, hasta taparlo por completo. Efectivamente, la lluvia me ayudó, y el barro de la tumba era igual que el de todo el cementerio. Metí la calavera, ahora vacía, incluso grotesca, pero antaño hogar de una de las mentes más prodigiosas de la historia, y la guardé en mi bolsa. Empapado, lleno de barro y sangre, cansado y aterrorizado, todo a la vez, abrí la verja (había tenido la precaución de robar las llaves a enterrador) y, después de cerrarla otra vez, volví a mi casa. Quienes me vieran atravesar las calles bajo la tormenta, embutido en aquella capa y aquella capucha, sin duda habrían pensado que era un asesino y un criminal: sin duda, lo era, pero seguro que había valido la pena.

Estaba terriblemente cansado, pero fui incapaz de esperar al día siguiente para culminar mi plan; ni siquiera me puse ropas secas. Chorreando, entré a la cocina de mi cuartucho y busqué un recipiente adecuado. Acto seguido, cogí un martillo y empecé a golpear el cráneo hasta hacerlo añicos; cuando estos fueron lo suficientemente pequeños, los machaqué con el mortero hasta convertirlos en polvo. Me quedaron las manos y los brazos más doloridos aún, y sin duda desperté a mi casera, que no osó decirme nada porque conocía mis excentricidades y porque no querría que se molestara un cliente que pagaba bien y al día. Aquel cráneo maravilloso no era ahora más que un puñadito de polvo blanco, que de ser harina no habría sido suficiente ni para hacer una magdalena. Calenté agua en un cazo, y cuando hirvió, eché la calavera y removí hasta que estuvo bien disuelta. La tormenta aumentó en violencia; una nueva casualidad quiso que, justo cuando el macabro brebaje, aún hirviente, toco mis labios, toda la ciudad se iluminara un segundo con un gran relámpago y un trueno ensordecedor.

Los granos de arena

Los granos de arena Todo habia sido culpa suya. Era increíble que él solo hubiera podido provocar aquello, pero esta es la grandeza de la era de las comunicaciones; una sola persona escribe panfletos desde su habitación, y sin saber cómo, todos acaban siguiéndole. Acaba teniendo una organización; un ejército. Y él ni siquiera se da cuenta hasta que es demasiado tarde.

Poco a poco, las cuentas de email se habian ido saturando con su propaganda. Poco a poco, más y más gente se había ido convenciendo de que tenía razón. Contagiándose de su descontento. Él nunca creyó en la teoria del granito de arena; un monton de granitos de arena no hacen una montaña, sino un desierto, tal vez. Y así fué: poco a poco, se iban poniendo más granitos de arena hasta conseguir el desierto.

Cuando quemaron la primera biblioteca, ni siquiera sospechó que él hubiera tenido nada que ver. ¿Él? estaba a miles de quilómetros de allí. Ni siquiera lo había dicho en serio, lo de quemar bibliotecas.

Ni siquiera se enteró del primer asalto a un museo.

Los estudios de televisión estaban en otro continente.

Cuando todos los cds de aquella discográfica aparecieron rallados de fábrica, creyó que fué una casualidad.

Pero poco a poco, todos le iban haciendo caso. Y poco a poco, granito a granito, entre todos lo destruyeron todo. Y a todos les pareció bien, porque incluso los que no se habían enterado, los que no habían ayudado a construir el desierto, sabían que en realidad, estaba mejor así.

Y entonces acudieron a él. No sabían quién era, pero corrían por las calles, gritando, pidiendo ayuda, pidiéndole que les indicara cual era el siguiente paso a seguir. Y él no sabía si hacerlo, pero salió a su balcón, y los que estaban allí esperaban abajo sus palabras, aunque en realidad no sabía qué decir. Pero lo dijo:

-Nadie puede vivir en el desierto; ahora hay que volver a crearlo todo. Pero aseguráos de que lo que creeis sea mejor que lo que habéis destruido. Y haceos a la idea de que, tarde o temprano, alguien tendrá que destruirlo otra vez.

Y al final, todo volvió a estar como estaba, pero ya nadie lo recordaba, así que les pareció que estaba bien.

Imagen:
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Un diálogo entre dos vecinos

Un diálogo entre dos vecinos En el mundo del futuro no habia piedras;

otros habían pensado que lo importante era el cómo, el cuando y el porqué, incluso el dónde, pero él sabía que la verdadera pregunta era el qué. Sabía que algo había pasado, que le habían hecho a él y a muchos más (a todos), pero no sabía el qué.

Pero al menos era consciente de que algo había pasado. ¿Cuando? daba igual. Intentó recordar cuanto tiempo llevaba viviendo en aquel piso, con aquel trabajo, sin ningún cambio importante. No pudo; parecía que siempre hubiera sido así, que siempre hubiera sido todo igual.

- Sí, yo también llevo toda la vida viviendo en este edificio.
- Pero... ¿Eso cuantos años son?
- Pues... no se, todos; toda la vida.
- Pero... Si yo también he vivido aquí siempre, ¿por qué no me acuerdo de ti cuando eras niño?
- Es que hace muchos años de eso.
- Pero recuerdo muchas cosas. Recuerdo un día en que iba en bici, por una calle dónde nunca pasaba ningún coche; iba muy rápido. Mi padre me la había pintado de color plata y había pegado unas cintas de colores al manillar, y yo corría como un loco calle abajo. De repente, de una esquina salió un coche, un todoterreno grandote de color negro. No iba deprisa, es más incluso se paró, pero yo no tuve tiempo a frenar y me estrellé contra la puerta. Entonces...
-... salió el conductor, y yo pensaba que me iba a regañar por haberle abollado el coche, pero en lugar de eso, me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien. Yo no se si lloraba de dolor o del susto; no tendría más que ocho o nueve años, y mi bicicleta estaba destrozada. Cómo mis padres no estaban en casa, me llevó a la suya, que era en la misma calle, y allí me puso mercromina en las rodillas y me dió pan con chocolate para merendar.

Los dos quedaron callados y miraron la tele. El niño de la pantalla acompañó al extraño hasta el desván, aún con la cara llena de chocolate. Allí, el hombre le enseñó un baúl lleno de juguetes, que decía habían sido de su hijo, pero que él ya no los necesitaba más porque se había hecho grande, y podía llevarselos todos, o ir a jugar allí cuando quisiera.

Los dos quedaron callados. Sabían que algo había pasado, pero no sabían el qué.

Imagen:
http://www.theocracywatch.org/homophob.htm

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El sueño

El sueño Al hombre le corresponden por nacimiento muchos placeres; sin embargo, a medida que se ha ido socializando, el acceso a estos se ha ido restringiendo poco a poco y en realidad, muchos de los derechos que nos habia dado la naturaleza se han convertido en privilegios. Quizá el ejemplo más claro, en nuestro próspero y rico primer mundo, sea el sexo, pero existen otros placeres mas elementales, como la comida (no para alimentarse, sino para degustar) o el ocio que realmente están al alcance de muy pocos, o en todo caso al alcance de muchos, pero de forma racionada.

Para él, no existia más placer que el dormir. Trabajaba ocho horas y dormía dieciseis; pero es que él no dormía: soñaba. No he oído hablar de nadie que le pasara lo mismo: él soñaba lo mismo todos los días. No era un sueño que se repetía, sino que era el mismo sueño, un sueño que se continuaba cada noche dónde lo había dejado la anterior. Había empezado hacía tiempo, cuando él aún disfrutaba más despierto que dormido, tenía novia, amigos y le gustaba hacer cosas; poco a poco, en el sueño hizo amigos mejores, encontró nuevos pasatiemposc y conoció a una chica más guapa . Hacía unas semanas ella había ganado un gran premio en un concurso de belleza, y para celebrarlo, él le había comprado un collar de diamantes tan grandes que no se lo podía poner. Paseaban todas las noches por playas interminables, mientras sonaba música de arpas y violines, hasta que llegaba la hora de despertarse e ir a trabajar; era sin duda un momento trágico. Ella se echaba al suelo, se abrazaba a sus piernas y lloraba y pataleaba, suplicandole que no se fuera; pero él se iba, con el corazón roto, y en todo el día no dejaba de pensar en cómo estaría ella cuando él volviera, si habría estado llorando hasta entonces, o si le habría sucedido algo al volver sola desde la playa a su casa.

Estaban abrazados, desnudos, acariciados por las olas (que no mojan si es en sueños), viendo el amanecer, y ninguno de los dos se atrevía a hablar, porque sabían que el despertador estaba a punto de sonar otra vez. Al primer "bip", la miró a los ojos y vió como una lágrima sonreía en su ojo; y decidió que no se iba a despertar, que se quedaría allí, aquella noche y siempre.

Imagen:
http://www.iadb.org/idbamerica/Spanish/JUL01S/jul01s3p1.html
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