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Polvo y napalm

Parte de la masa

Parte de la masa Si habia algo que le diera miedo en el mundo, era ser uno más. Pero lo era. Su vida era como la de todos los demás; no es que fuera absurda, ni aburrida, ni nada de eso: para ser una persona normal, no podía quejarse. Sin ser rico, vivía desahogadamente; viviendo en la ciudad, no necesitaba coche, pero tenía una moto que no estaba mal, con la que eludía el tráfico con mayor o menor fortuna, según el día, y le resultaba fácil encontrar aparcamiento. Trabajaba como técnico de mantenimiento informático en unas oficinas en el centro, en uno de esos edificios antiguos que antes eran viviendas, pero que ahora nadie puede pagar salvo las grandes empresas; hacía un turno intensivo por la mañana, y aunque nunca había demasiado que hacer, tampoco tenía tiempo de aburrirse. De este modo, tenía las tardes libres, y no llegaba demasiado cansado a casa, por lo que solía ir al gimnasio, al cine o simplemente a pasear. En ocasiones salía a dar una vuelta en bicicleta, pero últimamente, más con el frío que estaba haciendo aquel invierno, casi no la había tocado. Mucha gente mataría por tener una vida así, pero él la odiaba con todas sus fuerzas.

¿Qué podía hacer para romper aquella felicidad forzada? Quizá cambiar de empleo: adiós a las tardes libres; probablemente, un sueldo más bajo. Seguro que más trabajo también. Pero era un cambio al fin y al cabo, sencillo y que no representaba en realidad un gran sacrificio, porque él sabía que, en realidad, solo se puede alcanzar la felicidad por medio de sacrificios. Sin embargo, sabía también que aquello sería solo postergar el cambio definitivo, que el nuevo trabajo terminaría siendo como el antiguo, y que, de todas maneras, con un empleo u otro, seguía siendo sólo uno más.

No sería justo decir de él que quisiera destacar: en absoluto. Le daba igual lo que otros pensaran de él; su deseo de diferenciarse era solo de puertas adentro, para poder decirse a sí mismo que era independiente de todo lo que le rodeaba. Quizá le habría bastado con coger algún hábito extraño, como comer primero el postre o lavarse los dientes con champú, pero el problema era que estos cambios habrían sido forzados; surgían de la voluntad de hacer algo, no de la de hacer eso concretamente, y eso los convertía en no-válidos. Lo que quería hacer era algo que surgiera de él sin pensarlo, sin plantearse si estaba bien o mál, y que cambiara su vida por completo.

(...)

Otra vez, ser perdió en la masa de gente. Zapatos limpios, pantalones planchados, camisa blanca. Un cigarrillo y un vaso de plástico que pretende ser de cristal. Aquella chica no era especialmente guapa; de hecho, ni siquiera era guapa. Sin embargo, entre todas las bellezas que había allí, se fijó en ella. No es que fuera diferente a las demás, mejor ni peor: estaba allí y estaba disfrutando, y con eso ya tenía suficiente para casi odiarla. Solo mirándola. La mano apretaba el vaso ya vacío, que se agrietaba, y los cubitos fueron al suelo (el hielo sucio es una imagen interesante).

El cartero llegó muy temprano. Después de que la chica se fuera, apenas había pegado ojo y tenía un sueño horrible. Se levantó a abrir la puerta de muy mal humor. Al parecer, alguien había enviado un paquete para su vecino de al lado, pero no había nadie en casa; nunca le había dado tanta rabia nada.

Nadie entendía por qué había pasado. Sus vecinos hablaban a las cámaras de televisión, ajenos al hecho de que sus quince minutos de gloria se reducirían a unos segundos en la crónica de sucesos, concentrados más en parecer creíbles que en disfrutar sus instantes de fama, y decían que era una persona normal y que les sorprendía mucho lo que había pasado. Sin embargo, mentían: estaba claro que, tarde o temprano, acabaría matando a alguien.

La policía ponía esa cinta amarilla por todas partes mientras lo sacaban maniatado. El juez aún no había dictado la orden de levantamiento del cadáver, y no podían hacer nada con el cartero machacado a golpes de florero de bronce. No se imaginaban por qué él sonreía: ya no era uno más.
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