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Polvo y napalm

El día de la Fiesta del Campus

El día de la Fiesta del Campus

El chico llevaba un rato sentado en la sala de espera; hacía un par de años que el representante de los estudiantes era JKL, un alumno de intercambio. Nunca se lo había preguntado, pero creía que era de Israel, porque llevaba uno de esos gorritos tan extraños que llevan algunos judíos; siempre se había preguntado qué querían decir, si eran algún tipo de símbolo religioso, como el velo musulmán o algo así; cuando tuviera más confianza con él se lo preguntaría. El chico que había entrado hacía un rato salió de su despacho y le dijo que era su turno . Se pasó la mano por la cabeza afeitada, como si tuviera pelo que peinar, cogió su carpeta, el dossier tan cuidadosamente preparado, entró.

- Déjame ver ese “planning” – dijo JKL. QWE se lo pasó y él empezó a ojearlo.
- “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P”. Explícame un poco de qué va el proyecto.
- Bueno... somos un grupo de amigos que hemos visto que entre todos los colectivos que hay en la universidad, pues bueno, no hay ninguno que nos llame especialmente la atención, y hemos pensado que deberíamos hacer el nuestro propio y seguro que más gente se añadiría.
- Veo que vuestras bases son el odio racial, el antisemitismo... ¿”antisemitismo” o “anti-semitismo”?
- Diría que “antisemitismo”, sin guión. Una sola palabra: “antisemitismo”.
- No sé, no estoy seguro. En fin, no tiene importancia. Lo importante es cómo pensáis llevar esto a cabo. O sea, tratáis conceptos muy abstractos... ¿cómo se lleva a cabo el antisemitismo?
- Bueno... Yo estudio Ingeniería Industrial; tengo un proyecto para una cámara de gas, y uno de mis amigos es de Química y está experimentando algunos gases letales. También habíamos pensado dar unas charlas en la Plaza de los Estudiantes y organizar algún desfile, con sus banderas, sus cruces gamadas, sus himnos y demás. El problema es la financiación.
- Ya, claro... eso pasa con todos los proyectos. La verdad es que veo que lo habéis trabajado bastante; el dossier está bastante bien elaborado y tenéis las ideas claras. Haré lo que pueda ante el rectorado para defender vuestra propuesta, aunque la verdad es que es del tipo de propuestas que les gustan: al fin y al cabo, es en esto en lo que debe consistir la universidad, ¿no? En movimientos sociales e iniciativas como la vuestra, no en cajeros automáticos u oficinas bancarias... francamente, no creo que pongan muchas trabas, pero ya sabéis que nunca hay mucho dinero... en cualquier caso, os sugiero que lo que os den lo invirtáis en hacer participaciones de lotería, camisetas, una rifa y este tipo de cosas: entre eso y lo que podáis sacar vendiendo cervezas el día de la Fiesta del Campus, seguro que llegáis a construir la cámara de gas.
- De acuerdo. – Le estrechó la mano. – Muchas gracias JKL; nos vemos pronto.
- Sí, desde luego. Que tengáis suerte.

El día de la Fiesta del Campus se celebró como cada año uno de los primeros viernes del curso, cuando aún no había empezado a hacer frío, y los alumnos ya estaban un poco rodados – y además, los de primero ya habían tenido tiempo de hacer algunos amigos. La Plaza de los Estudiantes estaba llena de gente, y entre la gente había pequeñas paradas en las que cada colectivo universitario intentaba ganar algo de dinero vendiendo bocadillos, cerveza y camisetas. Había una mezcla de músicas diferentes, radiocasetes que sonaban a todo volumen a pocos metros unos de otros, mezclados con los grupos de rock que iban subiendo al escenario, situado a pocos metros de la entrada a la biblioteca de letras. Allí, entre todos los demás, el puesto de la “Asociación Nacionalsocialista de la universidad de P” solo era uno más. Incluso pasaba desapercibido, y aparentemente no tenía un éxito especial. Habían preparado unas camisetas que imitaban las camisas de los oficiales de la SS, con su cruz de hierro y todo, y una esvástica en la manga simulando ser un brazalete, que se estaban vendiendo bastante bien, pero en las cervezas y los bocadillos, los de la “Asociación de jóvenes judíos de la Universidad de P” que estaban justo al lado les estaban pasando la mano por la cara aunque vendían unas camisetas con unas estrellas de David bastante cutres, que no estaban teniendo ni la mitad de salida que las suyas de la SS. JKL, que estaba allí cortando pan y embutidos como loco, se acercó un momento a charlar con QWE.
- Qué, ¿cómo va eso?
- Bien, la verdad es que va bien. A este paso, nos vamos a quedar sin camisetas antes del mediodía, pero me temo que vamos a tener que tirar la mitad del pan.
- Bueno, la verdad es que a eso venía yo... nosotros nos estamos quedando sin, ¿te parece que os compremos unas barras?
QWE se acercó a las cajas dónde estaba el pan y le ofreció una entera.
- Ten hombre ten.
- ¿Cuánto es?
- Nada hombre, nada. ¿No creerás que te voy a cobrar por esto? ¡si no nos ha costado ni tres euros! Además, - dijo con una sonrisa - ¡con lo que vais a perder en camisetas, no sé si os lo podéis permitir! ¡me parece que os voy a ver todo el año a todos con ella, porque os las vais a tener que comer!
- ¡Qué cabrón! – rió JKL. – Ya verás el año que viene, ya.... Bueno, gracias por el pan.
- De nada hombre, estamos aquí para lo que necesites...
Entonces, la música rock del escenario cesó y en su lugar se oyeron unas trompetas de guerra. Empezaron unos redobles de tambores marcando el paso, y QWE sonrió.
- ¿Qué es eso? – preguntón JKL.
- Ya verás, ya. – Dijo QWE intentando disimular la emoción y poniéndose la chaqueta de su uniforme y la gorra a toda prisa antes de salir corriendo hacia detrás de la biblioteca.

La música seguía sonando, con las trompetas y los tambores, y todo el mundo miraba hacia el escenario, con la certeza de que iban a ver algo memorable, de que algo grande iba a pasar. Entonces, sonó por megafonía un coro de cien hombres entonando algo en alemán, alguna especie de himno, y los muchachos de la “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P” salieron todos cantando la misma canción del CD. El primero iba QWE, llevando una gran bandera roja con una cruz gamada en un círculo blanco, de más de dos metros de largo, con un mástil enorme y que era realmente difícil mantener en pie. Detrás de él, todos los demás miembros marchaban al paso que él marcaba, y el último sostenía un estandarte con un águila que les había costado muchísimo construir. Marcharon alrededor de la plaza, entre la gente que les vitoreaba, durante los cinco minutos que duró el himno. Todo el mundo les miraba admirado y a ellos mismos les costaba mantener el rictus serio, como auténticos soldados del Reich, mientras desfilaban. Se habían esforzado mucho cosiéndose sus propios uniformes, a partir de unos patrones que había hecho la madre de uno de ellos, que era modista, a toda prisa para tenerlos listos para el día de la Fiesta del Campus; habían quedado todos los sábados y domingos por la mañana para ensayar, usando palos en lugar de sus fusiles (que no habían llegado, pedidos a través de internet, hasta el día anterior). Llegado el momento, cuando sonaban los compases finales, se encaminaron al centro de la plaza y, coincidiendo con las últimas notas, levantaron todos la mano derecha y gritaron al unísono “¡Sieg Hail!”. La multitud estalló en aplausos: ¡había sido un espectáculo digno de ver! ¡Magnífico! Nadie en la universidad recordaba nada parecido. ¡Y qué orgullosos estaban! Seguían allí, en medio de la plaza, aguantando el brazo en alto, impasibles, mientras seguían vitoreándolos. ¡Qué momento! ¡QWE no cabía en sí mismo de orgullo! Cuando dio la orden de bajar el brazo, la multitud se cerró sobre ellos; todo el mundo quería darles la mano y felicitarles personalmente. JKL y otros chicos de la “Asociación de jóvenes judíos de la Universidad de P” se acercaron a QWE.

- Felicidades tío – dijo JKL-, ha sido increíble. ¡Os habrá costado mucho esfuerzo llegar a coordinar todo esto!
- Sí, la verdad es que sí. Pero, joder, ha valido la pena. – dijo mirando a todos sus compañeros alrededor, tan orgullosos de un trabajo bien hecho como lo estaba él. ¡Incluso el rector en persona se acercó a felicitarle!
- Bravo, muchacho, - dijo estrechándole la mano entre las dos suyas.- ¡Es un placer ver cómo el dinero destinado a estas cosas se gasta de manera tan formidable!

El día estaba saliendo redondo; además, desde el momento del desfile, se habían disparado las ventas de cervezas y bocadillos (¡habían tenido que mandar a IOP corriendo a un supermercado a traer todo el pan y embutido que pudiera!) y se habían agotado las camisetas. Incluso, tras ver la maqueta que habían construido (IOP era un gran aficionado al modelismo), mucha gente estaba dándoles dinero, y seguro que podrían construir la cámara de gas antes de fin de curso. Entonces, alguien tiró su cerveza sobre QWE, que hablaba con JKL acerca de algún tema sin importancia.
- Lo siento. – dijo el individuo, un tipo alto, con el pelo largo y sucio y una camiseta de Bob Marley, con una sonrisa sarcástica en la cara.
- Tranquilo, no pasa nada.- respondió QWE mientras se limpiaba con una servilleta y seguía su conversación como si nada hubiera pasado. Entonces, le cayó otra cerveza. Miró, y al lado del tipo de antes, que no se había movido, había otro parecido.
- Lo siento. – Dijo, mirándole fijamente.
Entonces, un tercer tipo derramó su vaso sobre la cabeza pelada de QWE, y más hippies fueron saliendo de entre la multitud y rodeando la parada de los chicos.
- ¿Se puede saber qué os pasa? – dijo JKL interponiéndose entre ellos y QWE. – Nadie os está molestando, dejadnos en paz.
- Oh, sí. – respondió el de la camiseta de Bob Marley. – Estos tipos nos están molestando. Y tú también, si eres amigo suyo.
Entonces le dio un empujón, y como si se tratara de una señal, todos los demás se abalanzaron sobre la parada de la “Asociación Nacionalsocialista de la Universidad de P”, ante la estupefacción de todos. Destrozaron las banderas y los posters de Adolf Hitler; la maqueta de la cámara de gas fue pisoteada, y muchos de los chicos acabaron con fuertes contusiones y alguna fractura. Cuando se fueron los hippies, en un charco de cerveza junto al barril roto, lloraba QWE, lleno de barro y moratones, agarrado a lo que quedaba de su bandera roja con un círculo blanco y una esvástica, manchada de sangre y calimocho.

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El xilófago (mi experimento)

El xilófago (mi experimento)

Dientes (los) afilados como cuchillas, los ojos
Inyectados en sangre; y me
Observan, desde abajo, esperando a que caiga, y yo, me
Sujeto como puedo, al clavo ardiendo.
Encaramado a la rama más alta, mientras el
Xilófago se come el árbol;
Impotente,
Sobre sus fauces abiertas, hambrientas, como un
Trozo de carne lloroso,
Ese es mi sueño.

Y me despierto sin siquiera gritar.
Me miran todos, y murmuran,
Entre ellos.
Oigo lo que dicen, y aunque no lo entiendo,
Deseo que se mueran, mientras me observan con
Inyectados en sangre (los ojos);
Arriba, me agarro a mi clavo, mientras espero al xilófago.

El pájaro

El pájaro

El pájaro se acercó volando y se posó en mi hombro. Me miró fijamente y me dijo:

- Apestas.

Mi primera reacción, entre molesto y, por si fuera cierto, avergonzado, fue olerme el sobaco. Me había duchado aquella mañana, o quizá el día anterior; en cualquier caso, hacía un calor de mil demonios y era posible que, efectivamente, apestara.

- Hablaba en sentido figurado, lerdo. – dijo. Era sorprendente que un pájaro de quince centímetros fuera capaz de atacar así a un tipo de casi cien quilos y barba de una semana. – No digo que todas las personas apestéis, algunas hacen cosas que no están mal del todo, pero sin duda tú eres un payaso. Sinceramente, eres el tipejo más lamentable que he visto nunca.
- ¿De qué coño vas, pajarraco? ¿qué te has creído que eres? – le contesté, de la forma más convincente que se puede hablar a un gorrión.
- ¿Y tú? ¿qué te has creído que eres tú? El eslabón más alto de la escala evolutiva y blablabla, - dijo imitando el tono de algún narrador de documentales. - ¡Y una mierda! Las personas sois lo más inútil que hay.
- ¿De qué cojones hablas? ¡Las personas somos, como mínimo, mucho mejores que los gorriones!
- ¡Y una mierda! ¡Los gorriones podemos volar! – exclamó el jodido pájaro mientras revoloteaba alrededor de mi cabeza. - ¿qué puedes hacer tú que se compare a eso?
- Yo puedo pensar.
- ¡Vete al cuerno! ¡Estoy hablando contigo desde hace diez minutos, está claro que yo también puedo pensar!

Dudé un momento antes de contestar; por ahora, el hijoputa llevaba razón.

- Los hombres hemos llegado a la luna. Hemos construido puentes gigantescos, rascacielos, aviones y tenemos penicilina y píldora anticonceptiva.

- ¿Cuántas veces has estado TÚ en la luna, gilipollas? – dijo, posándose de nuevo en mi hombro. - ¿Cuántos puentes has construido? Ya dije que algunos hombres están bien, pero que en general, y tú más, capullo, sois escoria. Mírate, aquí, tirado en el césped lleno de cagadas de paloma (buagh, como las odio; son tan inútiles como vosotros, pero huelen mejor y vuelan), fumando sustancias ilegales y atiborrándote de cerveza en vez de ir a clase... aunque no sé qué es peor, porque para lo que aprendéis en clase... que si prefijos, que si sufijos, que si palatoalveolar, que si Chomsky por aquí, Chomsky por allí... ¡Menuda sarta de estupideces! ¡Y encima inútiles! ¡más te valdría aprender algún oficio que perder el tiempo aquí de esta manera! ¡Como mínimo, si te hicieras albañil, podrías ayudar a construir alguno de esos puentes que decías!

Hmmm.... empecé a creer que el muy cabrón tenía razón. Iba a empezar a cuestionarme muchas cosas acerca de la evolución, la situación del ser humano en el reino animal y demás, cuando recordé algo que realmente se nos da bien a todos, algo que hasta yo podría hacer. No me molesté ni en contestarle: le cogí el cuello entre el índice y el pulgar, y con un leve movimiento, casi sin hacer fuerza, se lo rompí. Lo envolví en una página de “20 minutos” y lo tiré a la papelera, antes de entrar a clase de morfología.

La calavera

La calavera

Probablemente la mayor parte de ustedes hayan oído hablar de mi, y quizá algunos incluso hayan comprado mis libros, o las revistas en las que se suelen publicar mis cuentos y relatos. Es por ello que ocultaré mi identidad, dado que soy una persona demasiado célebre y, por qué no decirlo, respetada, para que mi nombre se asocie a una aventura tan macabra como la que me dispongo a narrar. ¿Por qué es preciso entonces que relate mi crimen? ¿Acaso pretendo presumir de mi “hazaña” aunque no me atreva a confesar quién soy? En absoluto; si me conocieran, sabrían que no soy un hombre orgulloso, cuanto menos presumido. Es más: lo único que siento ante mi horrenda acción es arrepentimiento y vergüenza; tanta que soy incapaz de ser valiente (aunque en el momento de cometer mi crimen me tenía por tal) y asumir todas mis culpas. Sin embargo, y aunque mi alma, de tenerla, está ya condenada sin remedio (puesto que Dios, si realmente existe tal y como nosotros creemos en Él, es el único que realmente conoce mi culpa), espero que al relatar aquí los horrores que yo mismo me obligué a cometer, mi conciencia se sienta al menos suficientemente tranquila para permitirme dormir una sola noche sin que me despierte mi propio llanto aterrorizado.

Si alguno de ustedes ha deducido mi identidad, sabrá que yo había publicado algunos cuentos con gran éxito, todos de terror, siendo aún muy joven; esto me abrió las puertas del mercado editorial, y me convertí de la noche a la mañana en un autor muy respetado y, lo que es más importante, muy cotizado. Numerosas editoriales se interesaron por mis trabajos anteriores, que todos coincidían en calificar de excelentes, y me ofrecían sumas para mi impensables a cambio de un contrato que comprometiera mis obras aún por escribir. Naturalmente, firmé uno de aquellos contratos, y, con la llegada del dinero, desapareció mi genio; las ideas que en tiempos de estrechez acudían a mi incansablemente, hasta el punto de no poder explotarlas todas, se me mostraban esquivas ahora que debía responder a un contrato. El editor se impacientaba, y rechazaba todo lo que yo le mostraba: no era de extrañar, puesto que yo mismo sabía que le entregaba mediocridades, pero por algún motivo, mi genio de antaño me había abandonado. Sentado en mi escritorio, pluma en mano, miraba fijamente al papel en blanco, y no sabía qué hacer con él. Puede que la solución les parezca estúpida; abominable en todo caso: sacrílega incluso. Pero, para mi fortuna o mi desgracia, funcionó, y tras llevar a cabo el acto horrible que me dispongo a relatar, la horrible musa de mi tenebrosa inspiración volvió a hacerse un hueco en mi mente, ahora atormentada, y mi obra posterior supera con creces, no solo a la mía propia, sino a cualquier otra escrita con el propósito de aterrar o al menos inquietar, con una sola excepción.

Estábamos en los primeros días de invierno; quizá aún los últimos del otoño. Aún no eran las ocho de la tarde, pero casi había anochecido por completo. Sentado en el banco, frente a su tumba, poco a poco la escena se iba transformando, a medida que se iban las luces, y el bullicio de la gente y los coches al otro lado de los altos muros dejaba paso al suave ulular de alguna lechuza entre los árboles del cementerio y el aletear de los murciélagos, que volaban rápidamente entre las farolas de gas, con sus horribles gritos, esos que no dejan lugar a dudas de que sean en realidad los hijos de Satanás. Era una de esas estampas que, por alguna razón, tienen la propiedad de turbar el espíritu del ser humano e incluso hacerle sentir miedo si este no es capaz de mantener su cabeza fría; como escritor de cuentos de terror, yo conocía bien este tipo de dibujos: en más de una de mis obras se pueden hallar descritas imágenes parecidas, solo que yo solía recargarlas más. Habría añadido un lejano tañir de campanas, quizá habría insistido en la similitud de la sombra de algún ciprés con una silueta humana, o una cara en mueca de dolor; tal vez, una tormenta eléctrica a lo lejos, con truenos, rayos y centellas. No se me habría ocurrido el sucio gato negro que se me acercó y se frotó contra mi pierna, pero es un detalle que he usado posteriormente; en cualquier caso, incluso yo, que conozco el funcionamiento de las emociones humanas y cómo se deben ordenar los elementos de un cuadro para causar miedo, no pude evitar sentir un escalofrío cuando, al rozarme el felino se le erizaron todos los pelos del cuerpo esquelético y se apartó de mi acompañando un salto de un horrible maullido, como si supiera el crimen que me disponía a cometer, e incluso él, aquella bestia callejera, me despreciara por ello. Nunca he sido persona supersticiosa, pero debo reconocer que poco a poco, mi valentía se iba desvaneciendo y, devorado por la neblina que se abría paso entre las lápidas, sentía un miedo irracional e incontrolable que, como hombre culto e inteligente, sabía que era solo producto de mi superdesarrollada imaginación, pero no podía vencer.
Sin embargo, la escena habría sido mucho más horrible de haber existido en el cementerio una segunda persona, ya que para él, el cuadro se habría visto completado por la presencia de un hombre alto y delgado, del que solo podía ver la nariz afilada asomar bajo la larga capucha negra. Esta siniestra figura habría estado sentada, inmóvil delante de la gran tumba, durante horas, esperando al ocaso, y se disponía a cometer alguna fechoría tan terrible que solo era posible al amparo de la oscuridad: naturalmente, esta siniestra figura era yo, y confiaba en ser la única persona viva dentro del cementerio, salvo el guarda que seguramente estuviera en su caseta, sentado junto a la estufa; no se si esa idea me tranquilizaba o me aterrorizaba más.

En realidad, no habría sido necesario esperar toda la tarde delante del sepulcro; podría haber saltado con facilidad la tapia por el lado de la capilla una vez el cementerio estuviera cerrado, o incluso forzado el candado de la puerta principal sin gran riesgo de ser visto, ya que la calle a la que daba la entrada apenas estaba transitada a ninguna hora, cuanto menos en una madrugada de invierno. Sin embargo, era consciente de que la mayor dificultad sería el convencerme a mi mismo de llevar a cabo el plan: no dudaba de mi capacidad atlética para saltar la valla, sino de mi determinación a hacerlo llegado el momento. Sin duda, tomé la decisión correcta (si puede llamarse correcta una decisión que facilita la comisión de un crimen), puesto que, si pese a mis precauciones, caí presa del terror, si hubiera tenido mayor confianza en mí mismo y hubiera intentado el robo a la ligera, sin duda habría sido víctima de un ataque de pánico que me habría hecho ser descubierto, cuando no me hubiera causado, directamente, un ataque al corazón. Toda la tarde, a plena luz, había estado observando los detalles de la zona en la que se encontraba la tumba, e incluso había paseado una o dos veces por todo el cementerio, convenciéndome a mí mismo de que, al caer la noche, seguiría siendo igual de inofensivo que durante el día; memorizando los detalles para no ser traicionado por una rama mal podada en forma de brazo esquelético o una verja oxidada que se meciera con el viento.

Cuando vi acercarse al guardia, en su última ronda antes de cerrar las puertas, para asegurarse de que no había ningún intruso en el cementerio, me levanté antes de que pudiera verme y me escondí, como tenía previsto, en la cripta de mi familia, muy cercana a la tumba del genio. La había dejado abierta aposta, solo una rendija, para no hacer ruido al manejar la vieja cerradura, sin usar desde la muerte de mi santa madre, diez años atrás, y había preparado en el interior todo lo que me habría de ser útil para realizar mi infame tarea: una pala, un quinqué de petróleo y una bolsa de cuero en la que llevar mi macabro botín. Además, entre los ataúdes de mis parientes, había tenido la precaución de dejar algunos alimentos, no fuera caso que la mala fortuna hiciera que la puerta (que, desde luego, solo podía abrirse desde el exterior) se cerrara mientras yo me preparaba y me dejara encerrado hasta que alguien oyera mis gritos de auxilio y, sin duda a la luz del día, se atreviera a abrir la cripta a ver quién chillaba y golpeaba desde el interior. Debo confesar que, uno de los temores que más me atormentaban antes de decidirme a cometer mi fechoría, era el de abrir la cripta de mi familia y encontrar el cuerpo de mi madre fuera de su ataúd destrozado, en el supuesto de que ella hubiera sido enterrada viva. Afortunadamente, cuando entré, con la excusa de dejar flores sobre su tumba (aunque como ya he dicho, mi propósito era preparar los detalles para el robo), no había signo alguno de violencia o de sufrimiento, solo olor a humedad y vacío.

Cuando pasó junto a la tumba, el guarda y su perro se pararon: quiso la naturaleza que el can tuviera ganas de orinar, y lo hiciera justo sobre la tumba del maestro. Viéndolo desde mi rendija, la falta de respeto que mostraban el animal y el amo me encendió la sangre, y, de no estar yo preparado para llevar a cabo una profanación aún mayor de su sepulcro, de buena gana la habría emprendido a palazos con ambos. Logré contener los nervios (la presencia de otro ser humano, aunque despreciable, me había hecho olvidar el miedo, aunque paradójicamente, todo el riesgo que pudiera correr sería por su culpa), y llegué incluso a pensar que lo más prudente sería matarlos a los dos y después ocultar los cuerpos en la fosa, una vez la volviera a cubrir; de este modo, seguro que nadie me descubriría y podría trabajar toda la noche sin peligro alguno, y debo admitir que lo único que me hizo desistir de tal idea fue el admitir que enterrar en su tumba a un vulgar enterrador y a un perro pulgoso era aún más horrible que robar los restos del pobre Edgar. Una vez perro y guardián se hubieron alejado lo suficiente, salí de mi tétrico escondite y fui, aún a tientas, hasta la tumba. Saqué una cerilla de mi bolsillo y encendí la lámpara para poder leer la inscripción: Edgar Allan Poe; no quería robar por error los huesos de algún jardinero o albañil enterrado junto al genio. Una vez estuve seguro, empecé a cavar; debía darme prisa, porque si bien el guarda tardaría horas en volver a pasar, si decidía hacerlo, el trabajo era mucho y mis músculos, aunque jóvenes, no estaban acostumbrados a trabajos pesados.

Tras un buen rato, mi pala golpeó lo que presumiblemente sería el ataúd. Casualmente, el golpe del acero contra la madera coincidió con el primer trueno de la tormenta que no tardó en descargar con fuerza; la superstición podría haber llevado a alguien a pensar que era un mal presagio más, pero sin duda a mi debía tranquilizarme: estaba aterrorizado, pero como he dicho, sabía que se debía a la predisposición humana a sentir miedo ante factores totalmente inofensivos, y gracias a la cual, al fin y al cabo, yo me ganaba la vida; sin embargo, la fuerte lluvia disuadiría al enterrador de hacer ninguna otra ronda aquella noche, y además, haría mucho más difícil distinguir, al día siguiente, la tierra removida del sepulcro de Poe de la de las tumbas y jardines de alrededor. En cualquier caso, el agua empezaba a estancarse en la fosa reabierta, y mi tarea se hacía mucho más sucia y desagradable. Con un par de golpes pude romper la tapa, y, a tientas, metí la mano en el ataúd. Al tacto, no resultaba fácil distinguir los huesos desnudos de los restos de la ropa con la que enterraran al escritor; cada pocos minutos, segundos incluso, un relámpago iluminaba por un instante la escena y me veía a mi mismo, cubierto de fango, hundido en una fosa que poco a poco se llenaba de agua. Dos veces habría jurado que algo se movió en el ataúd antes de encontrar la calavera. Tuve que sacar algunas costillas y un hueso largo que supuse que era el húmero de alguno de sus brazos para poder introducir la mano lo suficiente para cogerla: metí los dedos en lo que suponía eran las cuencas oculares y tiré de ella con cuidado; la separé sin dificultad del cuello, pero el agujero que había echo en la tapa del ataúd era demasiado pequeño, por lo que, con la otra mano, tuve que arrancar algunos trozos más de aquella madera putrefacta. Justo cuando conseguí sacar el cráneo y levantarlo triunfante hacia el cielo, un relámpago dibujó mi silueta, y, por un momento, habría jurado que la de alguien más, justo detrás de mi. Un gruñido de perro me dio la razón.

El guarda del cementerio me apuntaba con su vieja escopeta, mientras el famélico chucho me enseñaba los dientes, amenazante. Un rayo cayó detrás de él, partiendo un gran sauce, quizá centenario, junto a un panteón con columnas de mármol. En ese momento, en que el guarda, más acostumbrado que yo a los horrores del cementerio pero asustado por cercanía de la descarga, se dio la vuelta un instante, aproveché para darle tan fuerte como pude en la cabeza con la pala, dejándolo inconsciente. Al instante, el perro se abalanzó sobre mi, y solo pude interponer entre nosotros el húmero de Poe, que mordió con fuerza, creyendo sin duda que me pertenecía. Me las arreglé para, en aquel reducido espacio de la fosa, golpearlo contra la pared varias veces hasta que quedó inerte. Una vez lo tuve a mi merced, cogí la pala de nuevo y le golpeé con la hoja varias veces hasta asegurarme de que estaba muerto. Saqué la calavera, y seguidamente me arrastré como pude hacia fuera del agujero. El viejo guardián del cementerio empezaba a despertarse, por lo que decidí rematarle como había hecho con el perro. No me quedaba otra opción, así que empujé el cuerpo al hoyo, y, tras tirar también su escopeta y cualquier otra prueba que pudiera haber de que estuvo allí aquella noche, empecé a rellenar el agujero con tierra, hasta taparlo por completo. Efectivamente, la lluvia me ayudó, y el barro de la tumba era igual que el de todo el cementerio. Metí la calavera, ahora vacía, incluso grotesca, pero antaño hogar de una de las mentes más prodigiosas de la historia, y la guardé en mi bolsa. Empapado, lleno de barro y sangre, cansado y aterrorizado, todo a la vez, abrí la verja (había tenido la precaución de robar las llaves a enterrador) y, después de cerrarla otra vez, volví a mi casa. Quienes me vieran atravesar las calles bajo la tormenta, embutido en aquella capa y aquella capucha, sin duda habrían pensado que era un asesino y un criminal: sin duda, lo era, pero seguro que había valido la pena.

Estaba terriblemente cansado, pero fui incapaz de esperar al día siguiente para culminar mi plan; ni siquiera me puse ropas secas. Chorreando, entré a la cocina de mi cuartucho y busqué un recipiente adecuado. Acto seguido, cogí un martillo y empecé a golpear el cráneo hasta hacerlo añicos; cuando estos fueron lo suficientemente pequeños, los machaqué con el mortero hasta convertirlos en polvo. Me quedaron las manos y los brazos más doloridos aún, y sin duda desperté a mi casera, que no osó decirme nada porque conocía mis excentricidades y porque no querría que se molestara un cliente que pagaba bien y al día. Aquel cráneo maravilloso no era ahora más que un puñadito de polvo blanco, que de ser harina no habría sido suficiente ni para hacer una magdalena. Calenté agua en un cazo, y cuando hirvió, eché la calavera y removí hasta que estuvo bien disuelta. La tormenta aumentó en violencia; una nueva casualidad quiso que, justo cuando el macabro brebaje, aún hirviente, toco mis labios, toda la ciudad se iluminara un segundo con un gran relámpago y un trueno ensordecedor.

El niño-pantera

El niño-pantera

El niño-pantera seguía encaramado al árbol, al acecho. Antes, había pensado que debía ponerle un nombre, pero a él le gustaba que le llamara niño-pantera, así que decidí que no era necesario.

Resulta increíble lo quieto que es capaz de estar; se camuflaba a la perfección entre las hojas, y permanecía tan inmóvil que nadie que no supiera que estaba allí (y solo yo lo sabía) sería capaz de verle. Él estaba allí, subido al árbol, y yo le vigilaba desde el banco al otro lado de la calle. Pasaron varias personas (una vieja, una niña con coletas, un señor gordo que llevaba un carrito), pero parece ser que no le gustaron suficiente; se estaba haciendo tarde, y yo tendría que volver a casa, así que empezaba a impacientarme. Además, se me estaban acabando las pipas y no tenía dinero para comprar más.

En algunos aspectos, es mucho mejor tener amigos imaginarios que de verdad: en primer lugar, y probablemente lo más importante, un amigo imaginario nunca te va a fallar. Siempre estará allí cuando necesites que alguien te de un consejo, o para consolarte si estás llorando. Incluso aunque parezca que estás solo, un amigo imaginario (un auténtico amigo imaginario) irá a cualquier sitio por tí. Claro que no puede ayudarte en según qué situaciones, como si te caes a un río y te estás ahogando, o si te están pegando una paliza, pero yo soy un niño muy fuerte para mi edad y seguro que me las arregaría bien solo. Pero la mayor ventaja de los amigos imaginarios era que nunca era necesario matarlos, y en caso de que aún así quisieras hacerlo (aunque sería un crimen horrible; un buen amigo imaginario nunca dará motivos para matarle, y en cualquier caso, si lo hiciera, sería culpa de uno mismo) resulta totalmente imposible que te descubran.

El niño-pantera era ahora mi mejor amigo; cuando empecé a imaginarmelo a él, poco a poco fuí dejando de lado a Merlino y a Minda. Me sabe mal por ellos, y de vez en cuando aún nos vemos, pero ya no es lo mismo; espero que entiendan que el niño-pantera es mucho más interesante que ellos, que al fin y al cabo solo son niños normales, pero a veces no estoy seguro de que lo hagan. Sobretodo Minda; Merlino al fin y al cabo es un niño, y también piensa como yo, pero Minda es una niña, y además era mi novia. Afortunadamente, me di cuenta de que yo no estoy hecho para el amor, pero ella no lo comprendió jamás; creo que aún me quiere, y cuando hablamos, muy de cuando en cuando, noto que intenta volver a cazarme, pero no lo conseguirá. He intentado hacer que se enamoren entre ellos, pero no lo consigo. Debe ser que los sentimientos no se pueden forzar, ni siquiera cuando son imaginarios.

En cualquier caso, si no se decidía ya por alguien, yo mismo tendría que hacerlo por él. Siempre le costaba decidirse (quizá por miedo a que le vieran; a veces, los amigos inventados pueden salir algo cobardes, aunque uno sea muy valiente), pero aquel día no entendía por qué; habían escogido un buen sitio, el mejor desde hacía semanas, y si iban con cuidado, era imposible ser descubiertos: justo enfrente del árbol del niño-pantera había uno de esos callejones que ahora llaman pasajes, pero por dónde nunca pasa nadie, y además, una furgoneta aparcada justo en el lugar en el que, aunque pasara alguien por la otra acera, era imposible que nos viera; dentro del pasaje mismo, había también varios contenedores, detrás de los que nos podríamos esconder rápidamente y trabajar luego con toda la tranquilidad del mundo sin que siquiera quienes pasaran por nuestra misma acera se dieran cuenta de nada.

Se estaba haciendo demasiado tarde; el próximo tendría que ser bueno, lo fuera en realidad o no . Por el otro lado de la calle llegaron dos jubilados (dos viejos, en todo caso) y se sentaron en el banco gemelo al que ocupaba yo. La misma furgoneta que hacía que ellos no pudieran vernos me lo impedía a mi también, pero me lo dijo el niño-pantera desde el árbol. Esto no representaba ningún peligro para nosotros: ya dije que el sitio era inmejorable.

Y entonces, esta vez sí por nuestro lado, apareció él; era también un viejo (¿los habían soltado a todos a aquella hora?), que aparentaba como cien años. Llevaba dos bolsas casi vacías, pero que parecían pesar un montón en sus brazos endebles. Poco a poco, se acercaba al niño-pantera, que me miró como diciendo "Sí, lo se: ahora"; pero cuando estuvo a su alcance, no hizo nada. No sabía a que esperaba. Los dos seguíamos al viejo con la mirada; yo esperaba que él le saltara: él no sé qué esperaba, pero poco a poco se le alejaba, y pronto ni siquiera el niño-pantera podría alcanzarle de un solo salto y, lo que era más grave, perderíamos la cobertura de la furgoneta: era ahora o nunca, y ya que el niño-pantera parecía no decidirse (y eso que, al fin y al cabo, era por su bien), tuvo que hacerlo yo.

Tan rápido como pude, cogí al viejo del cuello y apreté con todas mis fuerzas; le golpeé con la piedra (una piedra normal, de las que se cogen en cualquier calle, justo del tamaño de mi mano) en la cara, mientras el ataque de mi amigo-felino. Finalmente, se decidió y le saltó a la yugular. Empezó a arrastrarlo hacia atrás, tras los contenedores, haciendo un gran esfuerzo por beberse la sangre (cosa que odiaba) a medida que brotaba, para no dejar ninguna mancha delatora en la acera. Yo cogí las bolsas y miré qué había: nada útil, salvo unos pañuelos de papel y caramelos: de café con leche y miel con eucalipto, pero caramelos al fin y al cabo. El resto lo tiré al container junto con la piedra, después de limpiarla con mi chandal: el niño-pantera no tenía huellas dactilares, pero yo sí.

He dicho que tiré todo al container: he mentido, lo siento. Debo reconocer que hasta yo tengo un lado oscuro que me impulsa a hacer a veces cosas malas, como mentir, en este caso por vergüenza, pero no sería honesto si no contara todo tal y como fue: no pude vencer la tentación de probar el vino que había comprado el viejo mientras el niño-pantera buscaba su hígado: núnca había entendido como podía ser que el hígado, la parte de sabor más asqueroso de cualquier animal, fuera lo preferido del niño-pantera, y ahora que lo había probado, tampoco entendía como podía el vino gustar tanto a la gente mayor. Realmente, era lo único que conocía tan horrible como el hígado.

Tengo otro amigo imaginario del que no he hablado aún; lo que ocurre es que no somos realmente amigos, solo conocidos. No nos caemos muy bien, pero siempre me echa una mano después de matar a alguien. Era más listo que los otros tres juntos, y si no fuera imposible, pensaría que quizá lo fuera más que yo y todo (lo mejor de los amigos imaginarios es que siempre pueden ser peores que uno, pero nunca mejores), pero a veces creo que, lo que de verdad es, es un sádico.

(CONTINUARÁ)

Imagen:
http://www.wildlifeartonsilk.com/page4.htm

Una hermosa amistad

Una hermosa amistad

Los trajes caros pasados de moda y, por qué no decirlo, algo estropeados, alternaban con los uniformes de la policía de Vichy e incluso algunos oficiales alemanes. Antiguos millonarios malvendian su último diamante a viejos marroquíes por unos pocos francos antes de que llegaran los marcos mientras Rick observaba su “Café Americain”, de pie junto al piano en que el negro animaba la velada. Acababa de guardar algo bajo la tapa, un sobre, y aunque nadie se daba cuenta, estaba muy preocupado. Pensaba sobre lo que había en el sobre, y sobre lo que hacer al respecto. Había dado a Ugarte su palabra, y si bien dudaba de cual era a estas alturas el valor de su palabra, Renault sospecharía en cualquier caso si desaparecía de manera tan súbita, especialmente después de la charla que habían tenido hacía solo un rato, acerca de tomar o no aquel avión a Lisboa; como fuera, tampoco debia importarle lo que pensara o no Renault una vez él estuviera de vuelta en Nueva York: si bien sentía una especie de rara simpatía hacia aquel miserable hombrecillo, estaba seguro de que conocería otros hombrecillos miserables de los que encariñarse en adelante.

Volvió a meter la mano en el piano y sacó los salvoconductos, con toda la naturalidad que le fue posible, y le habló a Sam:
- ¿Qué te parecería volver a Nueva York?
- ¿Cuando?
- Hoy mismo.
- Bueno, - respondió el pianista – me gustaría volver a ver al tipo que me habló de las aguas de este lugar.

Rick sonrió lo justo para que no se cayera el cigarrillo de sus labios y, le golpeó amistosamente el hombro.

- Elige una última canción. Te espero fuera, en el coche.

Desde la calle, en su Citröen, Rick tarareaba la letra de la canción que Sam cantaba dentro como despedida, “debes recordar esto, un beso es solo un beso, un suspiro...” y no pudo evitar fijarse en la pareja que entraba al local; el hombre era uno más, con su gabardina y su sombrero, pero la mujer... estaba demasiado lejos para distinguirla, pero habría jurado que la conocía. De todos modos, ya daba igual: solo le importaba una mujer, y hacía tiempo que había renunciado a amarla. En cuanto Sam salió, saludando al portero como si solo fuera a tomar el aire (así sería más fácil, si nadie sabía que se marchaban), arrancó el motor y encaminó hacia el aeródromo.
- Jefe, no se va a creer a quién me pareció ver entrar en el locál esta noche, justo cuando terminaba la última canción. Si no supiera que es imposible, habría jurado que era... – dijo Sam antes de darse cuenta de que estaba metiendo la pata.
- ¿Quién?
- El general Charles De Gaulle – respondió con rapidez – Vaya tontería ¿no?
- Sí, a mi también me pareció verle. - sonrió Rick.
- Jefe, – volvió a hablar Sam - ¿no cree que echará de menos todo esto en Nueva York?
- Sabes Sam, siempre nos quedará Casablanca.

En seguida, el diablo vió en mi un Fausto en potencia

En seguida, el diablo vió en mi un Fausto en potencia

En seguida, el diablo vió en mi un Fausto en potencia. No fuí yo quién le llamé, sino que él se me apareció directamente, porque sabía que a mi me gustaría hablar con él. Que quizá podríamos llegar a un acuerdo.

- ¿Qué me ofreces?- le pregunté.
- Bueno, puedo ofrecerte muchas cosas. Depende de lo que tú quieras.
- Tú ya sabes lo que quiero; de lo contrario, no estarías aquí. De lo contrario, no serías el diablo.
Me miró un instante de arriba a abajo, con esos ojos negros que tienen los demonios, como si estuviera repasando mentalmente lo que le habían dicho de mi; sin duda, había hecho los deberes antes de venir.
- Sí, sé lo que quieres. Pero no se puede tener todo; ni siquiera yo puedo hacer eso. Tendrás que elegir. Crees que eres especial, y quizá tengas razón. Quizá sea cierto que tengas talento para algo. Quizá puedas ser mejor que los demás, pero como te digo, no se puede tener todo. He aquí mis dos opciones: serás todo lo bueno que quieras en lo que quieras. El mejor; tú puedes serlo. Quizá podrías serlo sin mi ayuda, quién sabe, pero yo te lo garantizo. ¿Qué es lo que quieres hacer?
- Escribir.
- ¿Quieres escribir? bien, eso está bien. Tengo facilidad para este tipo de cosas. Puedo convertirte en Poe; en Lovecraft. Dickinson, si lo prefieres. Tengo mucha experencia en lo que es el arte en general. Conozco a Van Gogh; a Mozart. James Dean. No es fácil escribir operas con siete años. Con mi ayuda, puedes ser igual de grande. O más. Pero todo tiene sus contrapartidas, claro...
- Déjate de rodeos, diablo. Quiero que sueltes ya lo que sea.
- Está bien, está bien. La contrapartida es que vivirás solo y angustiado. Y moriras igual de solo, pobre como una rata. Probablemente loco, internado en algún manicomio. Probablemente joven. Tendrás que darte prisa, porque todas tus obras maestras tienes que escribirlas antes de cumplir treinta años, y a nadie le gustarán, hasta que mueras. Luego, al tiempo, poco a poco se te irá descubriendo, y en un par de décadas, se te estudiará en todos los colegios, se harán películas sobre tu vida y serás materia de selectividad. Habrá camisetas con la foto de tu lápida y tu epitafio impreso en la espalda. Los jóvenes querrán ser como tú, y a alguien le pondré tu nombre en esta lista como ejemplo de lo que se puede convertir.
- ¿Y cual es la otra opción?
- Bueno, puedes vivir muchos años. Ser muy feliz, tener hijos, y todas esas cosas que gustan a los hombres. Incluso ser rico. Probablemente también escribas, dentro de un tiempo, decenas de libros, que se venderán por miles, si es lo que deseas. Pero al poco de publicarse, se olvidarán. Nadie hablará de ti, y cuando mueras, dentro de muchísimos años, nadie volverá a pensar en ti. Estas son las dos opciones que te doy. Ahora es tarea tuya elegir.
Le miré de arriba a abajo, mientras se desvanecía, diciéndome que había hecho una sabie elección. Yo aún no se cuál fué.

Imagen: H. R. Giger

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Los granos de arena

Los granos de arena

Todo habia sido culpa suya. Era increíble que él solo hubiera podido provocar aquello, pero esta es la grandeza de la era de las comunicaciones; una sola persona escribe panfletos desde su habitación, y sin saber cómo, todos acaban siguiéndole. Acaba teniendo una organización; un ejército. Y él ni siquiera se da cuenta hasta que es demasiado tarde.

Poco a poco, las cuentas de email se habian ido saturando con su propaganda. Poco a poco, más y más gente se había ido convenciendo de que tenía razón. Contagiándose de su descontento. Él nunca creyó en la teoria del granito de arena; un monton de granitos de arena no hacen una montaña, sino un desierto, tal vez. Y así fué: poco a poco, se iban poniendo más granitos de arena hasta conseguir el desierto.

Cuando quemaron la primera biblioteca, ni siquiera sospechó que él hubiera tenido nada que ver. ¿Él? estaba a miles de quilómetros de allí. Ni siquiera lo había dicho en serio, lo de quemar bibliotecas.

Ni siquiera se enteró del primer asalto a un museo.

Los estudios de televisión estaban en otro continente.

Cuando todos los cds de aquella discográfica aparecieron rallados de fábrica, creyó que fué una casualidad.

Pero poco a poco, todos le iban haciendo caso. Y poco a poco, granito a granito, entre todos lo destruyeron todo. Y a todos les pareció bien, porque incluso los que no se habían enterado, los que no habían ayudado a construir el desierto, sabían que en realidad, estaba mejor así.

Y entonces acudieron a él. No sabían quién era, pero corrían por las calles, gritando, pidiendo ayuda, pidiéndole que les indicara cual era el siguiente paso a seguir. Y él no sabía si hacerlo, pero salió a su balcón, y los que estaban allí esperaban abajo sus palabras, aunque en realidad no sabía qué decir. Pero lo dijo:

-Nadie puede vivir en el desierto; ahora hay que volver a crearlo todo. Pero aseguráos de que lo que creeis sea mejor que lo que habéis destruido. Y haceos a la idea de que, tarde o temprano, alguien tendrá que destruirlo otra vez.

Y al final, todo volvió a estar como estaba, pero ya nadie lo recordaba, así que les pareció que estaba bien.

Imagen:
http://santiago.mapache.org/art/desktop/

Punch

Punch

Cuando golpeas a alguien, es probable que te hagas más daño tú que él si no sabes hacerlo.

Punch

La primera vez que uno da un puñetazo, espera que suene como en las películas y los videojuegos, pero no es así; el sonido real es parecido al de dejar caer un libro sobre una mesa o algo así. Pasa lo mismo con los disparos, los accidentes de coche y las explosiones; uno se siente decepcionado porque la realidad no supera a la ficción.

Punch

Los huesos de los dedos son largos y delgados, por lo que es fácil que se rompan si los golpeas contra un pómulo, una ceja, o especielmente una barbilla.

Punch

Poca gente sabe pegar aprovechando toda su fuerza; como todo, se aprende con la práctica, y raras veces una persona que se encuentre en su primera pelea va a ganar a otra que ya haya golpeado más de una vez, aunque parezca muy superior en peso y estatura. Un solo puñetazo descargado no solo con la fuerza del brazo, sino cogiendo impulso con todo el cuerpo y dejando llevar el propio peso, aunque este fuera de sesenta quilos, sería suficiente para dejar aturdido a un hombre mucho más corpulento. Por eso dicen que quien golpea primero golpea dos veces. El otro quizá no llegue a hacerlo ni una.

Punch

Uno de los golpes más efectivos que hay consiste en pegar en la parte baja de la barbilla, de abajo hacia arriba, manteniendo la mano abierta y golpeando con la palma, utilizando la muñeca y la solidez que proporciona el brazo (los huesos cúbito y radio) como base; si se da bien, hay bastantes posibilidades de romper la mandíbula del oponente, o al menos de dislocarla.

Punch

Él no sabía todo esto, pero le daba igual. Seguía golpeándo la cabeza; tenía tanta sangre en los nudillos como *P* en la cara. Ya ni siquiera sabía si él era él y si seguía pegándole a la misma persona; era imposible reconocer a ninguno de los dos. Ya ni siquiera se acordaba de por qué le estaba pegando, pero no podía parar de hacerlo. Ya no se sentía mejor, no sentía ningúna sensación agradable al golpearle, si es que alguna vez la había sentido. Ya solo le pegaba por inercia.

Le pegaba porque había hecho algo, ya no recordaba el qué, por lo que lo había merecido; a él no le apeteciía hacerlo, podría haberlo ignorado, pero era su obligación moral castigarle por lo que fuera que había hecho. Pero ya no se acordaba de qué era: pero le daba igual.

Era el mundo, lo que estaba golpeando. No había ojos, nariz, boca, orejas en aquella cara: eran Africa, Asia, Oceania, America, Europa, oceanos y desiertos, televisión y fútbol, modelos y modas, trabajo y apariencias.

Punch

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Un diálogo entre dos vecinos

Un diálogo entre dos vecinos

En el mundo del futuro no habia piedras;

otros habían pensado que lo importante era el cómo, el cuando y el porqué, incluso el dónde, pero él sabía que la verdadera pregunta era el qué. Sabía que algo había pasado, que le habían hecho a él y a muchos más (a todos), pero no sabía el qué.

Pero al menos era consciente de que algo había pasado. ¿Cuando? daba igual. Intentó recordar cuanto tiempo llevaba viviendo en aquel piso, con aquel trabajo, sin ningún cambio importante. No pudo; parecía que siempre hubiera sido así, que siempre hubiera sido todo igual.

- Sí, yo también llevo toda la vida viviendo en este edificio.
- Pero... ¿Eso cuantos años son?
- Pues... no se, todos; toda la vida.
- Pero... Si yo también he vivido aquí siempre, ¿por qué no me acuerdo de ti cuando eras niño?
- Es que hace muchos años de eso.
- Pero recuerdo muchas cosas. Recuerdo un día en que iba en bici, por una calle dónde nunca pasaba ningún coche; iba muy rápido. Mi padre me la había pintado de color plata y había pegado unas cintas de colores al manillar, y yo corría como un loco calle abajo. De repente, de una esquina salió un coche, un todoterreno grandote de color negro. No iba deprisa, es más incluso se paró, pero yo no tuve tiempo a frenar y me estrellé contra la puerta. Entonces...
-... salió el conductor, y yo pensaba que me iba a regañar por haberle abollado el coche, pero en lugar de eso, me ayudó a levantarme y me preguntó si estaba bien. Yo no se si lloraba de dolor o del susto; no tendría más que ocho o nueve años, y mi bicicleta estaba destrozada. Cómo mis padres no estaban en casa, me llevó a la suya, que era en la misma calle, y allí me puso mercromina en las rodillas y me dió pan con chocolate para merendar.

Los dos quedaron callados y miraron la tele. El niño de la pantalla acompañó al extraño hasta el desván, aún con la cara llena de chocolate. Allí, el hombre le enseñó un baúl lleno de juguetes, que decía habían sido de su hijo, pero que él ya no los necesitaba más porque se había hecho grande, y podía llevarselos todos, o ir a jugar allí cuando quisiera.

Los dos quedaron callados. Sabían que algo había pasado, pero no sabían el qué.

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http://www.theocracywatch.org/homophob.htm

El grito

El grito

Despertó sobresaltada. Se incorporó como un resorte en su cama y corrió hasta la ventana; presa de los nervios, luchó primero contra la cortina, y contra la persiana después. El manubrio estaba roto, y la abrió simplemente tirando, conteniendo aún su rabia. Sacó medio cuerpo y desde su quinto piso gritó. Fué el mayor grito que jamás nadie haya dado. Millares de cabezas que andaban por la gran avenida se giraron hacia el cielo, buscando la fuente de aquel sonido sobrecogedor; los coches frenaron y derraparon: hubo accidentes, muertos y heridos. Cientos de cristales estallaron a la vez y los perros ladraron como locos mientras ella seguía gritando, sin saber por qué, solo de rabia. O de miedo. O de dolor. Y cuando el grito terminó, llegaron las ambulancias, la policía y los bomberos. Llegaron los cristaleros, y todo el mundo se preguntaba qué había pasado y qué significaba. Pero al poco, a nadie le importaba, y todo siguió como entonces.

Y ella quedó llorando, sentada bajo la ventana. Afónica.

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http://www.oletuarte.com/_oletuarte/esp/artistas/ficha_artista.asp?key=PG25TURL7ZYGCGT5OJQBSNEM9C6QLH

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Parte de la masa

Parte de la masa

Si habia algo que le diera miedo en el mundo, era ser uno más. Pero lo era. Su vida era como la de todos los demás; no es que fuera absurda, ni aburrida, ni nada de eso: para ser una persona normal, no podía quejarse. Sin ser rico, vivía desahogadamente; viviendo en la ciudad, no necesitaba coche, pero tenía una moto que no estaba mal, con la que eludía el tráfico con mayor o menor fortuna, según el día, y le resultaba fácil encontrar aparcamiento. Trabajaba como técnico de mantenimiento informático en unas oficinas en el centro, en uno de esos edificios antiguos que antes eran viviendas, pero que ahora nadie puede pagar salvo las grandes empresas; hacía un turno intensivo por la mañana, y aunque nunca había demasiado que hacer, tampoco tenía tiempo de aburrirse. De este modo, tenía las tardes libres, y no llegaba demasiado cansado a casa, por lo que solía ir al gimnasio, al cine o simplemente a pasear. En ocasiones salía a dar una vuelta en bicicleta, pero últimamente, más con el frío que estaba haciendo aquel invierno, casi no la había tocado. Mucha gente mataría por tener una vida así, pero él la odiaba con todas sus fuerzas.

¿Qué podía hacer para romper aquella felicidad forzada? Quizá cambiar de empleo: adiós a las tardes libres; probablemente, un sueldo más bajo. Seguro que más trabajo también. Pero era un cambio al fin y al cabo, sencillo y que no representaba en realidad un gran sacrificio, porque él sabía que, en realidad, solo se puede alcanzar la felicidad por medio de sacrificios. Sin embargo, sabía también que aquello sería solo postergar el cambio definitivo, que el nuevo trabajo terminaría siendo como el antiguo, y que, de todas maneras, con un empleo u otro, seguía siendo sólo uno más.

No sería justo decir de él que quisiera destacar: en absoluto. Le daba igual lo que otros pensaran de él; su deseo de diferenciarse era solo de puertas adentro, para poder decirse a sí mismo que era independiente de todo lo que le rodeaba. Quizá le habría bastado con coger algún hábito extraño, como comer primero el postre o lavarse los dientes con champú, pero el problema era que estos cambios habrían sido forzados; surgían de la voluntad de hacer algo, no de la de hacer eso concretamente, y eso los convertía en no-válidos. Lo que quería hacer era algo que surgiera de él sin pensarlo, sin plantearse si estaba bien o mál, y que cambiara su vida por completo.

(...)

Otra vez, ser perdió en la masa de gente. Zapatos limpios, pantalones planchados, camisa blanca. Un cigarrillo y un vaso de plástico que pretende ser de cristal. Aquella chica no era especialmente guapa; de hecho, ni siquiera era guapa. Sin embargo, entre todas las bellezas que había allí, se fijó en ella. No es que fuera diferente a las demás, mejor ni peor: estaba allí y estaba disfrutando, y con eso ya tenía suficiente para casi odiarla. Solo mirándola. La mano apretaba el vaso ya vacío, que se agrietaba, y los cubitos fueron al suelo (el hielo sucio es una imagen interesante).

El cartero llegó muy temprano. Después de que la chica se fuera, apenas había pegado ojo y tenía un sueño horrible. Se levantó a abrir la puerta de muy mal humor. Al parecer, alguien había enviado un paquete para su vecino de al lado, pero no había nadie en casa; nunca le había dado tanta rabia nada.

Nadie entendía por qué había pasado. Sus vecinos hablaban a las cámaras de televisión, ajenos al hecho de que sus quince minutos de gloria se reducirían a unos segundos en la crónica de sucesos, concentrados más en parecer creíbles que en disfrutar sus instantes de fama, y decían que era una persona normal y que les sorprendía mucho lo que había pasado. Sin embargo, mentían: estaba claro que, tarde o temprano, acabaría matando a alguien.

La policía ponía esa cinta amarilla por todas partes mientras lo sacaban maniatado. El juez aún no había dictado la orden de levantamiento del cadáver, y no podían hacer nada con el cartero machacado a golpes de florero de bronce. No se imaginaban por qué él sonreía: ya no era uno más.

El sueño

El sueño

Al hombre le corresponden por nacimiento muchos placeres; sin embargo, a medida que se ha ido socializando, el acceso a estos se ha ido restringiendo poco a poco y en realidad, muchos de los derechos que nos habia dado la naturaleza se han convertido en privilegios. Quizá el ejemplo más claro, en nuestro próspero y rico primer mundo, sea el sexo, pero existen otros placeres mas elementales, como la comida (no para alimentarse, sino para degustar) o el ocio que realmente están al alcance de muy pocos, o en todo caso al alcance de muchos, pero de forma racionada.

Para él, no existia más placer que el dormir. Trabajaba ocho horas y dormía dieciseis; pero es que él no dormía: soñaba. No he oído hablar de nadie que le pasara lo mismo: él soñaba lo mismo todos los días. No era un sueño que se repetía, sino que era el mismo sueño, un sueño que se continuaba cada noche dónde lo había dejado la anterior. Había empezado hacía tiempo, cuando él aún disfrutaba más despierto que dormido, tenía novia, amigos y le gustaba hacer cosas; poco a poco, en el sueño hizo amigos mejores, encontró nuevos pasatiemposc y conoció a una chica más guapa . Hacía unas semanas ella había ganado un gran premio en un concurso de belleza, y para celebrarlo, él le había comprado un collar de diamantes tan grandes que no se lo podía poner. Paseaban todas las noches por playas interminables, mientras sonaba música de arpas y violines, hasta que llegaba la hora de despertarse e ir a trabajar; era sin duda un momento trágico. Ella se echaba al suelo, se abrazaba a sus piernas y lloraba y pataleaba, suplicandole que no se fuera; pero él se iba, con el corazón roto, y en todo el día no dejaba de pensar en cómo estaría ella cuando él volviera, si habría estado llorando hasta entonces, o si le habría sucedido algo al volver sola desde la playa a su casa.

Estaban abrazados, desnudos, acariciados por las olas (que no mojan si es en sueños), viendo el amanecer, y ninguno de los dos se atrevía a hablar, porque sabían que el despertador estaba a punto de sonar otra vez. Al primer "bip", la miró a los ojos y vió como una lágrima sonreía en su ojo; y decidió que no se iba a despertar, que se quedaría allí, aquella noche y siempre.

Imagen:
http://www.iadb.org/idbamerica/Spanish/JUL01S/jul01s3p1.html

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