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Despertó sobresaltada. Se incorporó como un resorte en su cama y corrió hasta la ventana; presa de los nervios, luchó primero contra la cortina, y contra la persiana después. El manubrio estaba roto, y la abrió simplemente tirando, conteniendo aún su rabia. Sacó medio cuerpo y desde su quinto piso gritó. Fué el mayor grito que jamás nadie haya dado. Millares de cabezas que andaban por la gran avenida se giraron hacia el cielo, buscando la fuente de aquel sonido sobrecogedor; los coches frenaron y derraparon: hubo accidentes, muertos y heridos. Cientos de cristales estallaron a la vez y los perros ladraron como locos mientras ella seguía gritando, sin saber por qué, solo de rabia. O de miedo. O de dolor. Y cuando el grito terminó, llegaron las ambulancias, la policía y los bomberos. Llegaron los cristaleros, y todo el mundo se preguntaba qué había pasado y qué significaba. Pero al poco, a nadie le importaba, y todo siguió como entonces.
Si habia algo que le diera miedo en el mundo, era ser uno más. Pero lo era. Su vida era como la de todos los demás; no es que fuera absurda, ni aburrida, ni nada de eso: para ser una persona normal, no podía quejarse. Sin ser rico, vivía desahogadamente; viviendo en la ciudad, no necesitaba coche, pero tenía una moto que no estaba mal, con la que eludía el tráfico con mayor o menor fortuna, según el día, y le resultaba fácil encontrar aparcamiento. Trabajaba como técnico de mantenimiento informático en unas oficinas en el centro, en uno de esos edificios antiguos que antes eran viviendas, pero que ahora nadie puede pagar salvo las grandes empresas; hacía un turno intensivo por la mañana, y aunque nunca había demasiado que hacer, tampoco tenía tiempo de aburrirse. De este modo, tenía las tardes libres, y no llegaba demasiado cansado a casa, por lo que solía ir al gimnasio, al cine o simplemente a pasear. En ocasiones salía a dar una vuelta en bicicleta, pero últimamente, más con el frío que estaba haciendo aquel invierno, casi no la había tocado. Mucha gente mataría por tener una vida así, pero él la odiaba con todas sus fuerzas.
Al hombre le corresponden por nacimiento muchos placeres; sin embargo, a medida que se ha ido socializando, el acceso a estos se ha ido restringiendo poco a poco y en realidad, muchos de los derechos que nos habia dado la naturaleza se han convertido en privilegios. Quizá el ejemplo más claro, en nuestro próspero y rico primer mundo, sea el sexo, pero existen otros placeres mas elementales, como la comida (no para alimentarse, sino para degustar) o el ocio que realmente están al alcance de muy pocos, o en todo caso al alcance de muchos, pero de forma racionada.
En el mundo del futuro no habia piedras;
Cuando golpeas a alguien, es probable que te hagas más daño tú que él si no sabes hacerlo.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/