Veintiocho bombas H son suficientes para provocar un efecto invernadero; destruyamos el mundo. Dejemos que hereden las cucarachas y las bacterias; demoles la oportnidad de hacerlo mejor que nosotros. ¿Qué hemos hecho para merecer el planeta? ¿Qué hemos aportado? No somos más que un cáncer. Un tumor en fase terminal. Un pequeño bulto qe se ha ido extendiendo hasta corromperlo todo y que debe ser extirpado. Nadie en el universo nos hecharia de menos. La Tierra seguiria girando alrededor del sol, la Luna alrededor de la Tierra y en algún lugar Dios reescribiría el Génesis corrigiendo los errores conocidos. Hemos sido un prototipo, un programa de prueba. Versión Beta . Es solo cestión de tiempo. Tenemos fecha de caducidad. Como replicantes... ¿Qué harás hasta entonces?

Temas



Enlaces

Archivos

Polvo y napalm

Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2005.

Una hermosa amistad

rick.jpgLos trajes caros pasados de moda y, por qué no decirlo, algo estropeados, alternaban con los uniformes de la policía de Vichy e incluso algunos oficiales alemanes. Antiguos millonarios malvendian su último diamante a viejos marroquíes por unos pocos francos antes de que llegaran los marcos mientras Rick observaba su “Café Americain”, de pie junto al piano en que el negro animaba la velada. Acababa de guardar algo bajo la tapa, un sobre, y aunque nadie se daba cuenta, estaba muy preocupado. Pensaba sobre lo que había en el sobre, y sobre lo que hacer al respecto. Había dado a Ugarte su palabra, y si bien dudaba de cual era a estas alturas el valor de su palabra, Renault sospecharía en cualquier caso si desaparecía de manera tan súbita, especialmente después de la charla que habían tenido hacía solo un rato, acerca de tomar o no aquel avión a Lisboa; como fuera, tampoco debia importarle lo que pensara o no Renault una vez él estuviera de vuelta en Nueva York: si bien sentía una especie de rara simpatía hacia aquel miserable hombrecillo, estaba seguro de que conocería otros hombrecillos miserables de los que encariñarse en adelante.

Volvió a meter la mano en el piano y sacó los salvoconductos, con toda la naturalidad que le fue posible, y le habló a Sam:
- ¿Qué te parecería volver a Nueva York?
- ¿Cuando?
- Hoy mismo.
- Bueno, - respondió el pianista – me gustaría volver a ver al tipo que me habló de las aguas de este lugar.

Rick sonrió lo justo para que no se cayera el cigarrillo de sus labios y, le golpeó amistosamente el hombro.

- Elige una última canción. Te espero fuera, en el coche.

Desde la calle, en su Citröen, Rick tarareaba la letra de la canción que Sam cantaba dentro como despedida, “debes recordar esto, un beso es solo un beso, un suspiro...” y no pudo evitar fijarse en la pareja que entraba al local; el hombre era uno más, con su gabardina y su sombrero, pero la mujer... estaba demasiado lejos para distinguirla, pero habría jurado que la conocía. De todos modos, ya daba igual: solo le importaba una mujer, y hacía tiempo que había renunciado a amarla. En cuanto Sam salió, saludando al portero como si solo fuera a tomar el aire (así sería más fácil, si nadie sabía que se marchaban), arrancó el motor y encaminó hacia el aeródromo.
- Jefe, no se va a creer a quién me pareció ver entrar en el locál esta noche, justo cuando terminaba la última canción. Si no supiera que es imposible, habría jurado que era... – dijo Sam antes de darse cuenta de que estaba metiendo la pata.
- ¿Quién?
- El general Charles De Gaulle – respondió con rapidez – Vaya tontería ¿no?
- Sí, a mi también me pareció verle. - sonrió Rick.
- Jefe, – volvió a hablar Sam - ¿no cree que echará de menos todo esto en Nueva York?
- Sabes Sam, siempre nos quedará Casablanca.
01/03/2005 14:55 Enlace permanente. Tema: ¿Qué habría pasado si...? No hay comentarios. Comentar.

El niño-pantera

bpanthereye[1].jpgEl niño-pantera seguía encaramado al árbol, al acecho. Antes, había pensado que debía ponerle un nombre, pero a él le gustaba que le llamara niño-pantera, así que decidí que no era necesario.

Resulta increíble lo quieto que es capaz de estar; se camuflaba a la perfección entre las hojas, y permanecía tan inmóvil que nadie que no supiera que estaba allí (y solo yo lo sabía) sería capaz de verle. Él estaba allí, subido al árbol, y yo le vigilaba desde el banco al otro lado de la calle. Pasaron varias personas (una vieja, una niña con coletas, un señor gordo que llevaba un carrito), pero parece ser que no le gustaron suficiente; se estaba haciendo tarde, y yo tendría que volver a casa, así que empezaba a impacientarme. Además, se me estaban acabando las pipas y no tenía dinero para comprar más.

En algunos aspectos, es mucho mejor tener amigos imaginarios que de verdad: en primer lugar, y probablemente lo más importante, un amigo imaginario nunca te va a fallar. Siempre estará allí cuando necesites que alguien te de un consejo, o para consolarte si estás llorando. Incluso aunque parezca que estás solo, un amigo imaginario (un auténtico amigo imaginario) irá a cualquier sitio por tí. Claro que no puede ayudarte en según qué situaciones, como si te caes a un río y te estás ahogando, o si te están pegando una paliza, pero yo soy un niño muy fuerte para mi edad y seguro que me las arregaría bien solo. Pero la mayor ventaja de los amigos imaginarios era que nunca era necesario matarlos, y en caso de que aún así quisieras hacerlo (aunque sería un crimen horrible; un buen amigo imaginario nunca dará motivos para matarle, y en cualquier caso, si lo hiciera, sería culpa de uno mismo) resulta totalmente imposible que te descubran.

El niño-pantera era ahora mi mejor amigo; cuando empecé a imaginarmelo a él, poco a poco fuí dejando de lado a Merlino y a Minda. Me sabe mal por ellos, y de vez en cuando aún nos vemos, pero ya no es lo mismo; espero que entiendan que el niño-pantera es mucho más interesante que ellos, que al fin y al cabo solo son niños normales, pero a veces no estoy seguro de que lo hagan. Sobretodo Minda; Merlino al fin y al cabo es un niño, y también piensa como yo, pero Minda es una niña, y además era mi novia. Afortunadamente, me di cuenta de que yo no estoy hecho para el amor, pero ella no lo comprendió jamás; creo que aún me quiere, y cuando hablamos, muy de cuando en cuando, noto que intenta volver a cazarme, pero no lo conseguirá. He intentado hacer que se enamoren entre ellos, pero no lo consigo. Debe ser que los sentimientos no se pueden forzar, ni siquiera cuando son imaginarios.

En cualquier caso, si no se decidía ya por alguien, yo mismo tendría que hacerlo por él. Siempre le costaba decidirse (quizá por miedo a que le vieran; a veces, los amigos inventados pueden salir algo cobardes, aunque uno sea muy valiente), pero aquel día no entendía por qué; habían escogido un buen sitio, el mejor desde hacía semanas, y si iban con cuidado, era imposible ser descubiertos: justo enfrente del árbol del niño-pantera había uno de esos callejones que ahora llaman pasajes, pero por dónde nunca pasa nadie, y además, una furgoneta aparcada justo en el lugar en el que, aunque pasara alguien por la otra acera, era imposible que nos viera; dentro del pasaje mismo, había también varios contenedores, detrás de los que nos podríamos esconder rápidamente y trabajar luego con toda la tranquilidad del mundo sin que siquiera quienes pasaran por nuestra misma acera se dieran cuenta de nada.

Se estaba haciendo demasiado tarde; el próximo tendría que ser bueno, lo fuera en realidad o no . Por el otro lado de la calle llegaron dos jubilados (dos viejos, en todo caso) y se sentaron en el banco gemelo al que ocupaba yo. La misma furgoneta que hacía que ellos no pudieran vernos me lo impedía a mi también, pero me lo dijo el niño-pantera desde el árbol. Esto no representaba ningún peligro para nosotros: ya dije que el sitio era inmejorable.

Y entonces, esta vez sí por nuestro lado, apareció él; era también un viejo (¿los habían soltado a todos a aquella hora?), que aparentaba como cien años. Llevaba dos bolsas casi vacías, pero que parecían pesar un montón en sus brazos endebles. Poco a poco, se acercaba al niño-pantera, que me miró como diciendo "Sí, lo se: ahora"; pero cuando estuvo a su alcance, no hizo nada. No sabía a que esperaba. Los dos seguíamos al viejo con la mirada; yo esperaba que él le saltara: él no sé qué esperaba, pero poco a poco se le alejaba, y pronto ni siquiera el niño-pantera podría alcanzarle de un solo salto y, lo que era más grave, perderíamos la cobertura de la furgoneta: era ahora o nunca, y ya que el niño-pantera parecía no decidirse (y eso que, al fin y al cabo, era por su bien), tuvo que hacerlo yo.

Tan rápido como pude, cogí al viejo del cuello y apreté con todas mis fuerzas; le golpeé con la piedra (una piedra normal, de las que se cogen en cualquier calle, justo del tamaño de mi mano) en la cara, mientras el ataque de mi amigo-felino. Finalmente, se decidió y le saltó a la yugular. Empezó a arrastrarlo hacia atrás, tras los contenedores, haciendo un gran esfuerzo por beberse la sangre (cosa que odiaba) a medida que brotaba, para no dejar ninguna mancha delatora en la acera. Yo cogí las bolsas y miré qué había: nada útil, salvo unos pañuelos de papel y caramelos: de café con leche y miel con eucalipto, pero caramelos al fin y al cabo. El resto lo tiré al container junto con la piedra, después de limpiarla con mi chandal: el niño-pantera no tenía huellas dactilares, pero yo sí.

He dicho que tiré todo al container: he mentido, lo siento. Debo reconocer que hasta yo tengo un lado oscuro que me impulsa a hacer a veces cosas malas, como mentir, en este caso por vergüenza, pero no sería honesto si no contara todo tal y como fue: no pude vencer la tentación de probar el vino que había comprado el viejo mientras el niño-pantera buscaba su hígado: núnca había entendido como podía ser que el hígado, la parte de sabor más asqueroso de cualquier animal, fuera lo preferido del niño-pantera, y ahora que lo había probado, tampoco entendía como podía el vino gustar tanto a la gente mayor. Realmente, era lo único que conocía tan horrible como el hígado.

Tengo otro amigo imaginario del que no he hablado aún; lo que ocurre es que no somos realmente amigos, solo conocidos. No nos caemos muy bien, pero siempre me echa una mano después de matar a alguien. Era más listo que los otros tres juntos, y si no fuera imposible, pensaría que quizá lo fuera más que yo y todo (lo mejor de los amigos imaginarios es que siempre pueden ser peores que uno, pero nunca mejores), pero a veces creo que, lo que de verdad es, es un sádico.

(CONTINUARÁ)

Imagen:
http://www.wildlifeartonsilk.com/page4.htm
09/03/2005 14:05 Enlace permanente. Tema: Ficcion No hay comentarios. Comentar.

La calavera

b09.jpgProbablemente la mayor parte de ustedes hayan oído hablar de mi, y quizá algunos incluso hayan comprado mis libros, o las revistas en las que se suelen publicar mis cuentos y relatos. Es por ello que ocultaré mi identidad, dado que soy una persona demasiado célebre y, por qué no decirlo, respetada, para que mi nombre se asocie a una aventura tan macabra como la que me dispongo a narrar. ¿Por qué es preciso entonces que relate mi crimen? ¿Acaso pretendo presumir de mi “hazaña” aunque no me atreva a confesar quién soy? En absoluto; si me conocieran, sabrían que no soy un hombre orgulloso, cuanto menos presumido. Es más: lo único que siento ante mi horrenda acción es arrepentimiento y vergüenza; tanta que soy incapaz de ser valiente (aunque en el momento de cometer mi crimen me tenía por tal) y asumir todas mis culpas. Sin embargo, y aunque mi alma, de tenerla, está ya condenada sin remedio (puesto que Dios, si realmente existe tal y como nosotros creemos en Él, es el único que realmente conoce mi culpa), espero que al relatar aquí los horrores que yo mismo me obligué a cometer, mi conciencia se sienta al menos suficientemente tranquila para permitirme dormir una sola noche sin que me despierte mi propio llanto aterrorizado.

Si alguno de ustedes ha deducido mi identidad, sabrá que yo había publicado algunos cuentos con gran éxito, todos de terror, siendo aún muy joven; esto me abrió las puertas del mercado editorial, y me convertí de la noche a la mañana en un autor muy respetado y, lo que es más importante, muy cotizado. Numerosas editoriales se interesaron por mis trabajos anteriores, que todos coincidían en calificar de excelentes, y me ofrecían sumas para mi impensables a cambio de un contrato que comprometiera mis obras aún por escribir. Naturalmente, firmé uno de aquellos contratos, y, con la llegada del dinero, desapareció mi genio; las ideas que en tiempos de estrechez acudían a mi incansablemente, hasta el punto de no poder explotarlas todas, se me mostraban esquivas ahora que debía responder a un contrato. El editor se impacientaba, y rechazaba todo lo que yo le mostraba: no era de extrañar, puesto que yo mismo sabía que le entregaba mediocridades, pero por algún motivo, mi genio de antaño me había abandonado. Sentado en mi escritorio, pluma en mano, miraba fijamente al papel en blanco, y no sabía qué hacer con él. Puede que la solución les parezca estúpida; abominable en todo caso: sacrílega incluso. Pero, para mi fortuna o mi desgracia, funcionó, y tras llevar a cabo el acto horrible que me dispongo a relatar, la horrible musa de mi tenebrosa inspiración volvió a hacerse un hueco en mi mente, ahora atormentada, y mi obra posterior supera con creces, no solo a la mía propia, sino a cualquier otra escrita con el propósito de aterrar o al menos inquietar, con una sola excepción.

Estábamos en los primeros días de invierno; quizá aún los últimos del otoño. Aún no eran las ocho de la tarde, pero casi había anochecido por completo. Sentado en el banco, frente a su tumba, poco a poco la escena se iba transformando, a medida que se iban las luces, y el bullicio de la gente y los coches al otro lado de los altos muros dejaba paso al suave ulular de alguna lechuza entre los árboles del cementerio y el aletear de los murciélagos, que volaban rápidamente entre las farolas de gas, con sus horribles gritos, esos que no dejan lugar a dudas de que sean en realidad los hijos de Satanás. Era una de esas estampas que, por alguna razón, tienen la propiedad de turbar el espíritu del ser humano e incluso hacerle sentir miedo si este no es capaz de mantener su cabeza fría; como escritor de cuentos de terror, yo conocía bien este tipo de dibujos: en más de una de mis obras se pueden hallar descritas imágenes parecidas, solo que yo solía recargarlas más. Habría añadido un lejano tañir de campanas, quizá habría insistido en la similitud de la sombra de algún ciprés con una silueta humana, o una cara en mueca de dolor; tal vez, una tormenta eléctrica a lo lejos, con truenos, rayos y centellas. No se me habría ocurrido el sucio gato negro que se me acercó y se frotó contra mi pierna, pero es un detalle que he usado posteriormente; en cualquier caso, incluso yo, que conozco el funcionamiento de las emociones humanas y cómo se deben ordenar los elementos de un cuadro para causar miedo, no pude evitar sentir un escalofrío cuando, al rozarme el felino se le erizaron todos los pelos del cuerpo esquelético y se apartó de mi acompañando un salto de un horrible maullido, como si supiera el crimen que me disponía a cometer, e incluso él, aquella bestia callejera, me despreciara por ello. Nunca he sido persona supersticiosa, pero debo reconocer que poco a poco, mi valentía se iba desvaneciendo y, devorado por la neblina que se abría paso entre las lápidas, sentía un miedo irracional e incontrolable que, como hombre culto e inteligente, sabía que era solo producto de mi superdesarrollada imaginación, pero no podía vencer.
Sin embargo, la escena habría sido mucho más horrible de haber existido en el cementerio una segunda persona, ya que para él, el cuadro se habría visto completado por la presencia de un hombre alto y delgado, del que solo podía ver la nariz afilada asomar bajo la larga capucha negra. Esta siniestra figura habría estado sentada, inmóvil delante de la gran tumba, durante horas, esperando al ocaso, y se disponía a cometer alguna fechoría tan terrible que solo era posible al amparo de la oscuridad: naturalmente, esta siniestra figura era yo, y confiaba en ser la única persona viva dentro del cementerio, salvo el guarda que seguramente estuviera en su caseta, sentado junto a la estufa; no se si esa idea me tranquilizaba o me aterrorizaba más.

En realidad, no habría sido necesario esperar toda la tarde delante del sepulcro; podría haber saltado con facilidad la tapia por el lado de la capilla una vez el cementerio estuviera cerrado, o incluso forzado el candado de la puerta principal sin gran riesgo de ser visto, ya que la calle a la que daba la entrada apenas estaba transitada a ninguna hora, cuanto menos en una madrugada de invierno. Sin embargo, era consciente de que la mayor dificultad sería el convencerme a mi mismo de llevar a cabo el plan: no dudaba de mi capacidad atlética para saltar la valla, sino de mi determinación a hacerlo llegado el momento. Sin duda, tomé la decisión correcta (si puede llamarse correcta una decisión que facilita la comisión de un crimen), puesto que, si pese a mis precauciones, caí presa del terror, si hubiera tenido mayor confianza en mí mismo y hubiera intentado el robo a la ligera, sin duda habría sido víctima de un ataque de pánico que me habría hecho ser descubierto, cuando no me hubiera causado, directamente, un ataque al corazón. Toda la tarde, a plena luz, había estado observando los detalles de la zona en la que se encontraba la tumba, e incluso había paseado una o dos veces por todo el cementerio, convenciéndome a mí mismo de que, al caer la noche, seguiría siendo igual de inofensivo que durante el día; memorizando los detalles para no ser traicionado por una rama mal podada en forma de brazo esquelético o una verja oxidada que se meciera con el viento.

Cuando vi acercarse al guardia, en su última ronda antes de cerrar las puertas, para asegurarse de que no había ningún intruso en el cementerio, me levanté antes de que pudiera verme y me escondí, como tenía previsto, en la cripta de mi familia, muy cercana a la tumba del genio. La había dejado abierta aposta, solo una rendija, para no hacer ruido al manejar la vieja cerradura, sin usar desde la muerte de mi santa madre, diez años atrás, y había preparado en el interior todo lo que me habría de ser útil para realizar mi infame tarea: una pala, un quinqué de petróleo y una bolsa de cuero en la que llevar mi macabro botín. Además, entre los ataúdes de mis parientes, había tenido la precaución de dejar algunos alimentos, no fuera caso que la mala fortuna hiciera que la puerta (que, desde luego, solo podía abrirse desde el exterior) se cerrara mientras yo me preparaba y me dejara encerrado hasta que alguien oyera mis gritos de auxilio y, sin duda a la luz del día, se atreviera a abrir la cripta a ver quién chillaba y golpeaba desde el interior. Debo confesar que, uno de los temores que más me atormentaban antes de decidirme a cometer mi fechoría, era el de abrir la cripta de mi familia y encontrar el cuerpo de mi madre fuera de su ataúd destrozado, en el supuesto de que ella hubiera sido enterrada viva. Afortunadamente, cuando entré, con la excusa de dejar flores sobre su tumba (aunque como ya he dicho, mi propósito era preparar los detalles para el robo), no había signo alguno de violencia o de sufrimiento, solo olor a humedad y vacío.

Cuando pasó junto a la tumba, el guarda y su perro se pararon: quiso la naturaleza que el can tuviera ganas de orinar, y lo hiciera justo sobre la tumba del maestro. Viéndolo desde mi rendija, la falta de respeto que mostraban el animal y el amo me encendió la sangre, y, de no estar yo preparado para llevar a cabo una profanación aún mayor de su sepulcro, de buena gana la habría emprendido a palazos con ambos. Logré contener los nervios (la presencia de otro ser humano, aunque despreciable, me había hecho olvidar el miedo, aunque paradójicamente, todo el riesgo que pudiera correr sería por su culpa), y llegué incluso a pensar que lo más prudente sería matarlos a los dos y después ocultar los cuerpos en la fosa, una vez la volviera a cubrir; de este modo, seguro que nadie me descubriría y podría trabajar toda la noche sin peligro alguno, y debo admitir que lo único que me hizo desistir de tal idea fue el admitir que enterrar en su tumba a un vulgar enterrador y a un perro pulgoso era aún más horrible que robar los restos del pobre Edgar. Una vez perro y guardián se hubieron alejado lo suficiente, salí de mi tétrico escondite y fui, aún a tientas, hasta la tumba. Saqué una cerilla de mi bolsillo y encendí la lámpara para poder leer la inscripción: Edgar Allan Poe; no quería robar por error los huesos de algún jardinero o albañil enterrado junto al genio. Una vez estuve seguro, empecé a cavar; debía darme prisa, porque si bien el guarda tardaría horas en volver a pasar, si decidía hacerlo, el trabajo era mucho y mis músculos, aunque jóvenes, no estaban acostumbrados a trabajos pesados.

Tras un buen rato, mi pala golpeó lo que presumiblemente sería el ataúd. Casualmente, el golpe del acero contra la madera coincidió con el primer trueno de la tormenta que no tardó en descargar con fuerza; la superstición podría haber llevado a alguien a pensar que era un mal presagio más, pero sin duda a mi debía tranquilizarme: estaba aterrorizado, pero como he dicho, sabía que se debía a la predisposición humana a sentir miedo ante factores totalmente inofensivos, y gracias a la cual, al fin y al cabo, yo me ganaba la vida; sin embargo, la fuerte lluvia disuadiría al enterrador de hacer ninguna otra ronda aquella noche, y además, haría mucho más difícil distinguir, al día siguiente, la tierra removida del sepulcro de Poe de la de las tumbas y jardines de alrededor. En cualquier caso, el agua empezaba a estancarse en la fosa reabierta, y mi tarea se hacía mucho más sucia y desagradable. Con un par de golpes pude romper la tapa, y, a tientas, metí la mano en el ataúd. Al tacto, no resultaba fácil distinguir los huesos desnudos de los restos de la ropa con la que enterraran al escritor; cada pocos minutos, segundos incluso, un relámpago iluminaba por un instante la escena y me veía a mi mismo, cubierto de fango, hundido en una fosa que poco a poco se llenaba de agua. Dos veces habría jurado que algo se movió en el ataúd antes de encontrar la calavera. Tuve que sacar algunas costillas y un hueso largo que supuse que era el húmero de alguno de sus brazos para poder introducir la mano lo suficiente para cogerla: metí los dedos en lo que suponía eran las cuencas oculares y tiré de ella con cuidado; la separé sin dificultad del cuello, pero el agujero que había echo en la tapa del ataúd era demasiado pequeño, por lo que, con la otra mano, tuve que arrancar algunos trozos más de aquella madera putrefacta. Justo cuando conseguí sacar el cráneo y levantarlo triunfante hacia el cielo, un relámpago dibujó mi silueta, y, por un momento, habría jurado que la de alguien más, justo detrás de mi. Un gruñido de perro me dio la razón.

El guarda del cementerio me apuntaba con su vieja escopeta, mientras el famélico chucho me enseñaba los dientes, amenazante. Un rayo cayó detrás de él, partiendo un gran sauce, quizá centenario, junto a un panteón con columnas de mármol. En ese momento, en que el guarda, más acostumbrado que yo a los horrores del cementerio pero asustado por cercanía de la descarga, se dio la vuelta un instante, aproveché para darle tan fuerte como pude en la cabeza con la pala, dejándolo inconsciente. Al instante, el perro se abalanzó sobre mi, y solo pude interponer entre nosotros el húmero de Poe, que mordió con fuerza, creyendo sin duda que me pertenecía. Me las arreglé para, en aquel reducido espacio de la fosa, golpearlo contra la pared varias veces hasta que quedó inerte. Una vez lo tuve a mi merced, cogí la pala de nuevo y le golpeé con la hoja varias veces hasta asegurarme de que estaba muerto. Saqué la calavera, y seguidamente me arrastré como pude hacia fuera del agujero. El viejo guardián del cementerio empezaba a despertarse, por lo que decidí rematarle como había hecho con el perro. No me quedaba otra opción, así que empujé el cuerpo al hoyo, y, tras tirar también su escopeta y cualquier otra prueba que pudiera haber de que estuvo allí aquella noche, empecé a rellenar el agujero con tierra, hasta taparlo por completo. Efectivamente, la lluvia me ayudó, y el barro de la tumba era igual que el de todo el cementerio. Metí la calavera, ahora vacía, incluso grotesca, pero antaño hogar de una de las mentes más prodigiosas de la historia, y la guardé en mi bolsa. Empapado, lleno de barro y sangre, cansado y aterrorizado, todo a la vez, abrí la verja (había tenido la precaución de robar las llaves a enterrador) y, después de cerrarla otra vez, volví a mi casa. Quienes me vieran atravesar las calles bajo la tormenta, embutido en aquella capa y aquella capucha, sin duda habrían pensado que era un asesino y un criminal: sin duda, lo era, pero seguro que había valido la pena.

Estaba terriblemente cansado, pero fui incapaz de esperar al día siguiente para culminar mi plan; ni siquiera me puse ropas secas. Chorreando, entré a la cocina de mi cuartucho y busqué un recipiente adecuado. Acto seguido, cogí un martillo y empecé a golpear el cráneo hasta hacerlo añicos; cuando estos fueron lo suficientemente pequeños, los machaqué con el mortero hasta convertirlos en polvo. Me quedaron las manos y los brazos más doloridos aún, y sin duda desperté a mi casera, que no osó decirme nada porque conocía mis excentricidades y porque no querría que se molestara un cliente que pagaba bien y al día. Aquel cráneo maravilloso no era ahora más que un puñadito de polvo blanco, que de ser harina no habría sido suficiente ni para hacer una magdalena. Calenté agua en un cazo, y cuando hirvió, eché la calavera y removí hasta que estuvo bien disuelta. La tormenta aumentó en violencia; una nueva casualidad quiso que, justo cuando el macabro brebaje, aún hirviente, toco mis labios, toda la ciudad se iluminara un segundo con un gran relámpago y un trueno ensordecedor.
14/03/2005 03:04 Enlace permanente. Tema: Ficcion Hay 2 comentarios.


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras; Emprendedor ven a Iniciador Aragón.